Ezequiel Obregón
18/11/2013 12:25

La película de los cordobeses Gastón Bottaro y Luciano Juncos está centrada en el viaje que emprende un hombre enfermo (Germán de Silva) junto a un guía, en búsqueda de una laguna de aguas místicas que podría curarlo. Se trata de una apuesta por el drama interno en cruce con elementos del western. 

La Laguna

(2013)

El territorio cordobés, luego de La araña vampiro (2012) de Gabriel Medina, adquirió en la memoria cinéfila una impronta trascendental. Espacio árido, desprovisto del trazo humano, es una zona paradójicamente fértil para esas historias en donde los conflictos son internos y, en consecuencia, transitan más lo “no dicho” que la puesta en palabras. La Laguna (2013) es una ópera prima que transcurre casi totalmente en un espacio abierto (Ascochinga). Estupendamente fotografiada, las marcas del western son evidentes: el dúo protagónico está casi siempre en el centro del campo, como si el contexto los definiera. Entre ambos hay asperezas; el recién llegado se queja de la parquedad y tono agresivo de su guía. No obstante, sabe que él es el único que lo puede llevar a lo que, supone, será su salvación.

La materia con la que el relato trabaja es esencialmente pequeña, pero explorada con los mejores recursos cinematográficos. Al apuntado trabajo fotográfico se le suma la concisión en los diálogos que connotan el desconcierto del recién llegado y la hilaridad del guía. Este esquema dual está exportado en buena medida del western clásico, aquel en el que John Ford dejó una marca indeleble. El hombre blanco penetrando en un contexto que le es ajeno, acompañado del indio (aquí, el “provinciano”). Por una parte, el primero debe confiar en él, pero al mismo tiempo sobrevuela el temor.

Germán de Silva (protagonista de Las Acacias, 2011) tiene el rostro adusto y gestualidad contenida que su personaje necesita, de allí que su trabajo se amolde a la propuesta estética sin ninguna disonancia. Gustavo Almada (visto en De Caravana, 2011, de Rosendo Ruíz, otro gran film cordobés) asume igualmente su rol con precisión; le basta un cambio en el tono de voz para imponerse. Los dos cargan la película en sus espaldas y salen más que airosos.

La Laguna es, finalmente, un relato conciso y concentrado en un mínimo núcleo narrativo. Sin ceder ante el realismo mágico, se interna en la dualidad entre la mente y el cuerpo en un espacio que le sienta a la perfección.

8.0

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