Juan Pablo Russo
17/11/2013 01:33

Fantasmas de la ruta (2013), la última y ambiociosa obra de José Celestino Campusano, nació al igual que Carlos (2010), de Olivier Assayas, o Burning Bush (2013), de Agnieszka Holland, como una miniserie de TV para luego ser transformada en una colosal película, con la salvedad que, a diferencia de sus antecesoras, ésta se verá primero en cines y luego en su versión original televisiva.

Fantasmas de la ruta

(2013)

Formulada como una continuación de Vikingo (2009), en donde el personaje central y su grupo de amigos se adueñan de la trama, Fantasmas de la ruta está construida como un film coral a partir de una serie de historias conectadas entre sí, pero donde el eje central estará puesto en la trata de personas y las ramificaciones que hacen de esta un negocio ilegal gracias al poderío económico y político de quienes lo manejan.

Campusano sigue siendo film a su estilo y no traiciona sus convicciones estéticas y narrativas a la hora formular cada nuevo proyecto y Fantasmas de la ruta no será la excepción. Una imagen sucia y desprolija, desencuadres permanentes y planos alejados de todo tecnicismo estético hacen de él un director que a lo largo de una obra basta y coherente ha sabido captar adeptos y detractores por igual. Fantasmas de la ruta no es diferente a las otras pero debemos reconocer que tampoco igual, es una obra de una ambición narrativa mucho más potente, con historias cruzadas pero nunca sin un punto de conexión entre si y una razón de estar. El director pone en el ojo del huracán un tema central pero a la vez abre el abanico a una serie de historias paralelas como los códigos barriales y entre motoqueros.

Lo que Csmpusano propone es filmar la realidad pero desde una ficción y por eso se rodea de personas para que se interpreten a sí mismos y no personajes alejados de esa búsqueda realista que expone en sus películas. En Fantasmas de la ruta estarán todos esos personajes-personas que nuclean ese mundo que rodea al conurbano bonaerense, y en este caso también al interior del país. En sus films también hay cotidianidad más allá de los conflictos que propone, algo a lo que el cine no está acostumbrado.

La trata no es un tema que debe ser tratado (valga la redundancia) con edulcorantes ni paños fríos. Debe ser directo si lo que se busca es un golpe de efecto sobre la sociedad y las organizaciones de poder. Por eso Campusano se la juega con toda la carne sobre el asador poniendo el acento en la complicidad de políticos, empresarios, fuerzas de seguridad y hasta conocidos de las víctimas. Mostrando un mundo donde la corrupción, la transa y el dinero fácil a costa de la vida de otros es moneda corriente.

Fantasmas de la ruta es una obra magna en todo sentido. Una apuesta ambiciosa con resultados altamente positivos que sigue siendo fiel a la obra de un director cuyo estilo puede gustar o no, pero que hasta ahora no ha logrado traicionarse a sí mismo ni traicionar a su público. Y hoy por hoy eso ya quiere decir mucho. José Celestino Campusano es un director que impone su nombre por sobre el de sus películas, algoque en Argentina muy pocos han conseguido.

8.0

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