Benjamín Harguindey
23/11/2012 22:22

Reflejos (2012) está dirigida por Ignacio Verguilla y Mariela Pietragalla, pero en la práctica es un auto-retrato del realizador Gustavo Fontán. El documental explora su obra, su estilo y su trascendencia dentro del cine nacional. Cosa insólita, no existen tales altares cinematográficos a realizadores mundialmente conocidos como Lucrecia Martel y Lisandro Alonso, que han producido menos obras en igual cantidad de tiempo y a mayor reconocimiento internacional.

Reflejos

(2012)

¿Quién es Gustavo Fontán, y qué ha llevado a estos dos realizadores a retratarlo tan distintivamente? Se lo describe como “poeta, cineasta y dramaturgo”, residente de su amada Banfield, donde ha rodado media docena de películas (mayormente dentro de su casa natal). Al comenzar la película admite con gracia que el cine no termina de convencerle como medio poético, pero qué se le va a hacer, su deber como artista es encontrar el giro poético que tanto aprecia en la literatura.

¿Qué es la poesía? No la belleza de un ocaso, sino cualquier imagen particular y perturbadora, que de cuenta de una narrativa subyacente y de rienda libre a la interpretación. Fontán habla a cámara, en tomas oblicuas que le describen con vaguedad. Posa. Se enfrenta a su propia imagen, ampliada en una enorme pantalla, pensativo. Medita. Define. No le gusta el cine como entretenimiento. No significa que no se entretenga, pero no le gusta. Etcétera.

Los aforismos y haikus de Fontán componen casi la totalidad de la banda sonora. De su obra se muestran fragmentos, seleccionados acaso por su alto contenido poético (una paloma muerta, dos jóvenes abrazados, las ramas de un árbol mecidas en el viento, etc.). El problema es que no ejemplifican nada. Bonitas per se, pero no dan cuenta del efecto total de ninguna de sus películas, que es el único efecto que Fontán tiene en mente: la sumatoria de una atmósfera. Dispersas y aisladas como se las muestra, son como versos huérfanos, difíciles de apreciar.

La fatalidad de esta película es que termina por ser demasiado expositiva. Fontán expone demasiado y explica demasiado. Su cine se basa, ostensiblemente, en la sutil sugerencia de una luz atravesando un vidrio esmerilado reflejada sobre mampostería corrugada. Y sin embargo aquí le tenemos explicando la totalidad de su obra, como si no confiara en el poder narrativo de sus propias películas (lo cual nos lleva nuevamente a su franca confesión de que prefiere la literatura al cine). Uno puede imaginar un futuro en el que Gustavo Fontán aprende a amar al cine, y su estilo podría evolucionar a lo largo de una trayectoria íntegra y bien definida, como el de tantos otros maestros. Pero ningún momento es un buen momento para explicar su propia obra.

4.0

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