Ezequiel Obregón
22/11/2012 11:01

Gustavo Fernández Triviño construye en De martes a martes (2012) un relato tenso, por momentos exasperante, acerca de un hombre de pocas palabras que una noche es testigo de un hecho deleznable.

De martes a martes

(2012)

Juan Benitez (Pablo Pinto) es el empleado de una fábrica y padre de familia al que le gusta ir al gimnasio. Esta actividad produjo que su cuerpo se agigante, cualidad que es apuntada por su jefe y compañeros con una actitud socarrona, hiriente. Al aspecto físico se suma una personalidad parca, tímida, que hace de Juan Benitez un receptáculo de más burlas. Pero, estoicamente, el hombre “resiste”, casi como si los que se ríen de él fueran una de esas pesas que usa en el gimnasio y que no hay que dejar caer.

El realizador trabaja en el primer tercio de la película por acumulación. No sólo se toma su tiempo para mostrarnos lo que debe padecer Benítez (en su casa, a decir verdad, lo espera una buena esposa y su pequeña hija), sino también para construir ese entorno eminentemente masculino y suburbano que lo rodea. Hay algo seco, degradado, en ese ambiente, potenciado por una banda sonora que elimina toda candidez. Esta estética es un muy buen punto de partida para delinear el universo inmediato de Benítez, en el cual irrumpe –casi como un ritual- la presencia cotidiana de una joven y bella kiosquera que le vende las golosinas para su hija. Una pizca de simpatía en un mundo que carece de ella.

Una noche, tras trabajar unas horas extras, Benitez ve cómo un cliente del kiosco al que ya se había cruzado (Alejandro Awada) lleva a la joven hacia un terreno y la viola. “Sé donde trabajás y con quién vivís”, la amenaza. El testigo sigue al violador y anota el número de su patente, el dato que empleará para llegar a su identidad y, más adelante, poder sacar partido (económico) de ella. ¿Por qué, con tamaño cuerpo, no intentó frenarlo antes de que cometiera tal acto aberrante? ¿Por qué, si el miedo lo frenó, al menos no asistió a la chica inmediatamente después de ser violada?

Hábil narrador, Triviño sólo pondrá en palabras de Benítez (posiblemente) a estas respuestas cuando la situación pase al territorio familiar. Una escena en la que lo vemos dialogar con su esposa, pero no escuchamos lo que le dice. A partir de ese momento, la película es más incómoda aún en términos ideológicos. Puesto que si todo el mecanismo narrativo apelaba a que el espectador se identifique con Benítez, ¿seguirá pasando lo mismo luego de todos estos hechos? Que, por otra parte, ocurren bien avanzado el relato.

Película más mental que física, desestabilizadora, De martes a martes logra mantener en vilo al espectador. Mucho suma la sobria pero contundente labor de Pablo Pinto. Es una película abierta a la polémica y –además- una interesante carta de presentación para su director.

8.0

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