Ezequiel Obregón
02/10/2012 13:39

La araña vampiro (Gabriel Medina, 2012) es un película sobre la silenciosa conversión de Jerónimo, joven que pasa del miedo y la fobia a la búsqueda de su salvación. Con un notable trabajo de Martín Piroyansky, la segunda película del director de Los Paranoicos (2008) es una rara avis del cine argentino que vale la pena ver.

La araña vampiro

(2012)

Al comienzo sólo hay un paisaje virgen, casi sin marcas humanas. Las sierras ofician como telón de fondo, es difícil imaginar que tendrán implicancias mucho más serias para el desarrollo de la trama. En un automóvil viaja Jerónimo junto a su padre (Alejandro Awada). La luz solar descubre, de a poco, el rostro del joven. Hay algo de apático en él, preanunciando su personalidad anti-social y fóbica. Tal vez, el motivo del viaje busque hacer más cercana la relación entre ambos. En el final de la película, el mismo plano nos mostrará al personaje con un cambio notable. La narración de ese cambio es lo que nos presenta La araña vampiro.

Tras ser picado por una araña, Jerónimo es atendido por una médica que le aplica corticoides. Pero él sabe que no hay solución. “Cosas de neuróticos”, podría decirse. Pero lo único que queda claro es que la situación va a empeorar, sobre todo cuando la pequeña herida se transforme en algo mucho peor. Luego, un lugareño le advierte que fue picado por la araña mala, que por algunos es conocida como “la araña vampiro”. “Pibe, te estás muriendo”, le dice. Y allí la película se internará en un espacio en donde coexiste lo mental y la acción. Algo que el joven ha hecho –deducimos- pocas veces en su vida: actuar, dejar de preocuparse para empezar a ocuparse.

Gabriel Medina entrega, desde ese momento, un relato que tiene mucho de film de horror, pero en donde lo que es verdaderamente siniestro pasa por la procesión interior, casi como si se tratara de un film de David Cronenberg. Aparecerá Ruiz, un personaje marginal, alcohólico, mezcla de delirante místico y voz de la consciencia a-cultural que compone Jorge Sesán. Será el encargado de llevar al joven hacia su singular cura: para evitar la muerte, tendrá que ser picado por una araña de la misma especie.

Hay algo religioso en la película de Medina. No en forma explícita, ni mucho menos referido a alguna religión en particular. Sino religioso en el sentido de re-ligar al protagonista con un estado de conciencia más pleno, menos material, más vinculado a la búsqueda de valores internos que prescindan del rivotril al que se ha acostumbrado. En consonancia con esta zona, el film hace de la peripecia un hecho trascendental y no tanto un sub-trama de acción propiamente dicha. 

Los personajes son pocos (a los ya mencionados, se agrega una joven de pocas palabras, enigmática, interpretada por Ailín Salas) y sirven como un contrapunto de Jerónimo. Mientras transita su lenta, ardua, penosa búsqueda, asistimos a una conversión. La naturaleza del converso, sabemos, implica la revisión y superación de los valores que lo definen. Por fortuna, Medina no explicita nunca esos valores, los hace evidentes en las marcaciones actorales y en la banda sonora que acompaña y acompasa el trayecto de Jerónimo. Cuenta, claro está, con Martín Piroyansky, uno de los mejores actores de su generación que ha sido el justo ganador del premio al Mejor Actor en el último BAFICI.

8.0

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