Ezequiel Obregón
27/02/2012 12:33

La multipremiada película de Milagros Mumenthaler refleja la convivencia de tres jóvenes hermanas. Sin caer en subrayados ni búsquedas explícitas, Abrir puertas y ventanas (2011) se transforma, con el correr del metraje, en una película plagada de sutiles y meticulosas observaciones.

Abrir puertas y ventanas

(2011)

En términos festivaleros, Abrir puertas y ventanas fue uno de los hitos de la temporada pasada. Entre otros galardones, se alzó con el Leopardo de Oro en el Festival de Locarno y con el Astor de Oro en Mar del Plata. Vale la pena destacar que el localismo es una cualidad casi inexistente en esta película. Lo que conecta al film con los espectadores no viene dado por el “color local” (propio para nosotros, exótico para otros), sino la observación entre afectiva y recatada de tres hermanas que, dentro de un plano más metafórico, son las que abren las puertas y ventanas para seguir viviendo. Ellas son Marina (Maria Canale), Sofía (Martina Juncadella) y Violeta (Ailín Salas), quienes conviven juntas en una casona, alejadas de toda mirada adulta. Tras la muerte de la abuela atraviesan un estado de duelo pero no de luto. Es decir, la dinámica de las conversaciones y los estados de ánimo dejan entrever esa pérdida pero también otras menos recientes, a las que la película rehúsa explicitar. ¿Convierte esta decisión a Abrir puertas y ventanas en una película “fría”? Nada más alejado de la realidad: estamos en presencia de un relato melancólico, cuya carnadura humana se revela más como una exploración de capas que como una narración clásica.

Mientras ese pasado se cuela en sus actitudes y diálogos, el drama interno cobra fuerte protagonismo en el film. Como ocurre en la dramaturgia de Anton Chejov, aquí lo nuclear nunca llega a transmutarse en acciones. Mumenthaler explora la interioridad de las chicas a partir de una convivencia por momentos errática, displicente. Frente a las tensiones que emergen desde lo cotidiano, las actrices (formidables, sin excepción) van delineando un “campo de batalla” en donde las treguas se escenifican como momentos de una felicidad efímera. Un ejemplo es la secuencia en la que escuchan una canción en el tocadiscos de la abuela, y todas las presiones internas se traducen en lágrimas y silencio. La presencia en la casa de Francisco, un joven vecino, también agitará las aguas. Siempre –claro está- desde la sutileza que aquí impera. El muchacho –en clave chejoviana- podría sintetizar alegóricamente las ansias de un porvenir.

La clave del film radica en la sensorialidad con la que la realizadora desmenuza las emociones de las tres hermanas, equiparable a la maestría con la Lucrecia Martel lo ha hecho en sus películas. La cámara se aproxima pero no invade, y hay una justa dosificación de la información que –al mismo tiempo- está imbricada en la dinámica del hogar. En otras palabras: resulta imposible no preguntarse por lo que hace cada personaje fuera de cuadro, sobre todo porque en la película las breves alianzas y discusiones casi siempre involucran al que está afuera. De este modo, el fuera de campo es una de las decisiones de puesta en escena más efectivas con las que Mumenthaler se sumerge en este mundo femenino. Fuera de éste, está excluida la mirada adulta. Su ausencia revela al futuro ya no como una lejanía, sino como plena inminencia. ¿Qué les espera a cada una? ¿Cómo podrán gestar sus propios caminos? ¿En qué medida la personalidad de las hermanas depende del rol de las demás?

Abrir puertas y ventanas puede ser pensada como una película sobre el peso de lo hereditario y las formas en las que las personas revisan su pasado e intentan convivir con él. Tal vez por ello, en el momento en el que los muebles de la casa van desapareciendo de escena sentimos preocupación por las disputas que esto acarreará, pero también alivio. En la potencia de un beso robado, en las miradas cómplices, en los roces y en los silencios está la belleza de la película de Mumenthaler. “Pequeños momentos” que definen a este cadencioso,  melancólico y bello film.

10

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