Emiliano Basile
06/01/2012 20:10

Muchas veces el cine se vale de una narración consistente para forjar un film. Pero también, como todo arte, debe transmitir sensaciones a través de la pantalla. Allí radica su valor y sentido último. Agua y Sal (2010), segundo largometraje de Alejo Taube (Una de dos, 2004), se apoya en esa experiencia para hablar de la paternidad.

Agua y Sal

(2010)

Rafael Spregelburd interpreta a dos personajes: Javier, un hombre de clase media alta que no puede tener hijos con su mujer, y Biguá, un marinero pescador que embaraza a su novia de 17 años. Las historias se cruzan cuando el pescador muere accidentalmente y la otra pareja busca adopción.

Agua y Sal propone un juego de miradas y pequeños gestos para construir las sensaciones de su protagonista. Un momento sumamente sensorial como la llegada de un hijo, que el director trata de materializar en imágenes y sonidos.

No hay una historia lineal o argumento cerrado, la película se plantea en la búsqueda que implica la reestructuración de la identidad de un hombre a apunto de convertirse en padre. El viaje que realiza Javier a Mar del Plata grafica su conflicto interno visualizado en un recorrido nuevo y desconocido para él. Lo demás es puro misterio, magia y ensoñanación, pero no de un modo surrealista sino como forma de captar las sensaciones que promueve la responsabilidad de ser padre.

El deseo, los miedos y las expectativas generadas, se conjugan y mezclan sensitivamente de manera aleatoria, arbitraria y emotica. Es así que la forma narrativa no importa tanto como la generación de climas y la formulación de un estado emocional a partir de pequeños elementos, como la composición del personaje y la banda sonora.

Seleccionada para la Competencia Oficial Latinoamericana del 25° Festival Internacional de Cine de Mar del Plata, Agua y Sal gana en sensaciones con un tratamiento complejo y emotivo de su temática, logrando transmitir y envolver a los espectadores en su discurso.

8.0

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