Iván Kazi
08/11/2011 16:38

Pablo César presenta Orillas (2011), su más reciente producción, como la excusa perfecta para crear conciencia sobre una etnia relegada en Argentina; los afro descendientes. Si bien este objetivo se concreta, en el camino se gesta un argumento atractivo y con independencia propia. Con dos historias que terminan confluyendo, la película se divide en dos partes: Una situada en África, la otra, en Sud-América.

Orillas

(2010)

En la Isla Maciel, Shantas (Leonel Arancibia) se asocia con sus dos amigos (Esteban Díaz y Cristian Gutiérrez) para delinquir en los barrios aledaños. La vida del joven se divide entre su manera de sobrevivir, su relación con una mucama (Dalma Maradona) y sus visitas a Julio (Daniel Valenzuela) un sacerdote que profesa el poder de los dioses Orishás. Del otro lado del océano, en un país de la África subsahariana, Babárímisá (Ilias Akala) agoniza por una extraña enfermedad que afecta al corazón. Su madre, Morenike (Carole Lokossou) recorrerá kilómetros de desierto para proporcionarle a su hijo una curación efectiva.

Muchos de los recursos narrativos utilizados por los realizadores (Jerónimo Toubes está a cargo del guión) ya figuran en otras cintas. Los prejuicios y las presunciones desacertadas que desembocan en tragedias ya han sido tratados con maestría insuperable por Alfred Hitchcock en Los 39 escalones (The 39 Steps, 1935) o por Clint Eastwood en Río Místico (Mistic River, 2003). La temática marginal remite siempre a Ciudad de Dios (Cidade de Deus, 2002), la violación a Irreversible (Irrevérsible, 2002) y de hecho el personaje de Carole Lokossou llevando en brazos a su hijo podría ser interpretada como una versión con más apego sentimental de Franco Nero en Django (1966), arrastrando un ataúd durante toda la película.

Hay que aclarar que, independientemente de lo antes expuesto, Orillas funciona. ¿Por qué? Existe una explicación y consiste en la convivencia de tres elementos. Para comenzar, un porcentaje significativo del film transcurre en África, en una aldea del estado de Benín en donde ni los artificios de la civilización ni la dinámica cotidiana del occidente terminan por asentarse de manera definitiva. ¿Pero acaso la cultura africana no ha sido retratada por otros cineastas? Sí, pero nunca de manera tan intimista, nunca con tanta eficacia por un argentino y nunca con un trayecto poco pretencioso, no demasiado “golpebajero” y reconfortantemente lineal. Porque la predictibilidad en las reacciones ambientales no siempre es negativa. A veces, este es un caso, contribuye a la amenidad narrativa, ayuda al espectador a disminuir la intensidad de los engranajes psíquicos que activan el razonamiento deductivo y posibilita uno de los goces más sinceros; aquel que se experimenta cuando la conciencia se sumerge sin resistencia en la trama y comienza a disfrutar genuinamente del viaje fílmico.

El segundo elemento es la inclusión de prácticas religiosas poco familiares en una atmósfera enigmática. Tres de los protagonistas del segmento de la película que se desarrolla en Argentina profesan la religión de Umbanda. Como consecuencia, los personajes padecen reflejos místicos y llevan a cabo todo tipo de rituales y sacrificios. Esto tampoco es nuevo, Wes Craven adentró en los cultos religiosos con más profundidad en La Serpiente y el Arcoíris (The Serpent and the Rainbow, 1988). Pero en este caso existe una diferencia digna de subrayar; el argumento entero de la película del director estadounidense transcurría en Haití, tierra desconocida por el protagonista. Con este trasfondo, la adición a cultos religiosos puede percibirse como un aspecto más en el estrambótico manto que envuelve a las culturas desconocidas. En el caso de Orillas, y porque siempre es mejor contextualizar las cosas, este componente habita de manera disonante, atractivamente impropia junto a la mundanidad genérica del ser humano marginal. Como todo transcurre en Buenos Aires, el espectador convive con la noción intestina de que todo sucede bajo sus narices.

Para concluir, el tercer elemento consta también de una reivindicación merecida. A Daniel Valenzuela, eterno actor secundario que no necesita más para demostrar su talento y que enaltece cada uno de los proyectos en los que participa con su sola presencia (recientemente también en Desbordar, como un enfermero perverso). 

Orillas es un producto con detalles admirables. Algunos descuidos, sí, pero nada que no pueda ser obviado mientras se concentra en la multiplicidad de personajes y sus ricas –y bizarras – experiencias.

6.0

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