Ezequiel Boetti
28/09/2011 14:40

¿Qué es El árbol de la vida (The Tree Of Life, 2011)?¿Cómo abordar uno de las películas más extrañas, personales y ambiciosas de los últimos años? Suerte de manifiesto lírico-espiritual travestido ocasionalmente de melodrama de familia disfuncional, el último film del ominoso Terrence Malick –suerte de Sallinger del cine: filma poco (cinco películas en casi 40 años) y prácticamente no registra apariciones públicas (de hecho ni siquiera fue al último festival de Cannes a recibir la Palma de Oro)- es una experiencia que se vale de la sensorialidad del cine para lograr una trascendencia imperecedera.

El árbol de la vida

(2011)

El primer gran desafío es definir en un par de líneas por dónde girarán los vericuetos de la trama. A grandes rasgos, y con el consecuente e inevitable riesgo de caer en simplificaciones, El árbol de la vida narra la historia de una familia tipo norteamericana a mediados de los cincuenta. “Años dorados”, se dirá. Sí, pero sólo puertas afuera. En la quietud del hogar, el padre (un Brad Pitt con olor a Oscar) impone su autoridad ante sus tres hijos a pura fuerza y rigor, todo ante la pasiva contemplación de su esposa (Jessica Chastain). Pero la muerte estalla en el núcleo familiar, desolando a quienes la sobreviven.

De allí en adelante, el director de El nuevo mundo (The New World, 2005) juguetea con la línea del tiempo y la horizontalidad del espacio, yendo y viniendo desde la mismísima época del Bing Bang hasta el presente, acompañando al hermano mayor ya adulto (Sean Penn, felizmente atado). Esos quiebres formales y narrativos le han valido a El árbol de la vidaa un apedreamiento público en Cannes, con abucheos en su función de prensa y la consecuente división de aguas entre los acérrimos detractores que veían una panegírico New age, y los defensores del lirismo audiovisual. El primer punto de vista es válido, pero erróneo. ¿Cómo acusar a Malick de post-moderno cuando toma como corpus de análisis el máximo azote para el hombre desde tiempos inmemoriales, el único fenómeno biológico para el que aún no encontró remedio? La muerte no tiene explicación. O sí, pero científica. Y para Malick –como para Peter Jackson en la subvalorada Desde mi cielo (The Lovely Bones, 2009)- el racionalismo no alcanza cuando se trata de un dolor inaprensible, no físico. La muerte intranquiliza y perturba porque lacera aspiraciones desmedidas, posicionando al hombre en el incierto terreno de la finitud. Malick pone en imágenes y sonidos, “audiovisualiza”, ensaya, atisba, una explicación a semejante pesar.

No es casual la referencia a Desde mi cielo, en donde Peter Jackson imaginó el hipotético limbo a medio camino entre la tierra y el cielo. Su estetización por momentos pueril le valió la condena mayoritaria. Pero era justamente en ese aspecto donde residía el punto máximo de la película: Jackson ponía toda su inventiva al servicio de un universo no sólo desconocido por todo ser vivo, sino que quizá ni siquiera exista. ¿Cómo atacar, entonces, la libérrima interpretación del “in between”, tan personal e intransferible, tan cargada de connotaciones, de pasado y de presente? Aquí ocurre lo mismo. El árbol de la vida recibe críticas por su caprichosa alteración temporal y su particular visión sobre la génesis del mundo creadas en forma totalmente analógica por Douglas Trumbull (usó desde tinturas fluorescentes y fuego hasta pinturas y ¡leche!), el mismo encargado del arte visual de, por ejemplo, Blade Runner (1982). Pero se juzga menos la forma cinematográfica que una hipótesis. Malick, artista esplendoroso, usa al cine como manifestación artística y reflexiva, arriesgado desde mundo pasado como una opinión desencantada del mundo presente.

Retomando la vinculación con Desde mi cielo, Jackson linkeaba la valoración terrenal de una autoridad como entidad de respeto y orden con otra espiritual y de índole Divina. Era la paz del alma (en el Cielo) con la concreción de la justicia (en la Tierra). Lo paradójico era que para los padres la tranquilidad espiritual no llegaba por el lado de la religión, sino por la misma autoridad encarnada en el comisario; justiciero y confesor en una misma entidad. Ahí sí, más allá del halo fascistoide, hay una visión claramente new-age: el Más Allá atado de pies y manos al “acá”, a un mundo terrenal indisociable del espiritual. En El árbol de la vida, en cambio, la cuestión es más pesimista. Porque si en Desde mi cielo la falta de creencia no impedía el hallazgo de consuelo en un congénere, aquí no sólo no hay una entidad espiritual que consuele, sino que el dolor circula impune por los jirones de la familia. Malick, habitual panteísta, luce más desencantado que siempre. Como si no encontrara salida ante la espesura de la incertidumbre, se para con firmeza desde su tiempo para vislumbrar que el endeble hilo conductor de la vida traza un largo camino a una triste validación: no hay red que ataje las emociones desgajadas.

Para amarla u odiarla, El árbol de la vida es un acontecimiento destinado a trascender en el tiempo, a recuperar el rito de la sala oscura. Sintomática de una nueva tendencia autoral (la preocupación por la Muerte y el después: ver también Más allá de la vida), la polémica y la división de aguas no empapa una película hipnótica, autoral y profundamente reflexiva sobre la nimiedad de nuestra existencia.

8.0

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