Juan Pablo Russo
29/08/2011 18:38

Si Ariel Winograd había mostrado con Cara de queso (2006) un notable talento a la hora de delinear personajes y manejar gags efectivos, en Mi primera boda (2011) reconfirma que es un director capaz de convertir una historia simple en una comedia que Hollywood envidiaría.

Mi primera boda

(2011)

Leonora (Natalia Oreiro) y Ariel (Daniel Hendler) van a casarse. Ella es católica y el judío, detalle no fundamental para la trama pero sí un condimento extra. El día ha llegado, y lo que debería ser perfecto terminará en una sucesión de pormenores que harán de que ese evento tan especial se convierta en una pesadilla.

El principal logro de Mi primera boda es la carencia de pretensiones. Una historia liviana, personajes muy bien delineados y actores que brillan en todo momento gracias a un acertado casting. En Mi primera boda no hay personajes mayores ni menores, todos tendrán su minuto de gloria. Desde Iair Said, el disk jockey que tiene no más de cuatro o cinco intervenciones, hasta el primo freak del novio que interpreta Martín Piroyansky, actuación que podría definirse como la más impresionante de su corta pero no por eso inexperimentada carrera.

Que la cámara ama a Natalia Oreiro y que cada aparición de ella está dotada de magia pura no es novedad. Si en Miss Tacuarembó (2010) se perfilaba como una gran actriz para la comedia, aquí queda claro que lo que tiene no es sólo ángel; sino mucho más. Si su carrera se hubiera iniciado en Hollywood, actrices como Jennifer Aniston, Julia Roberts o Drew Barrymore hubieran sido eclipsadas por la magia de una mujer que no debe rendir más exámenes para demostrar que es una de las grandes actrices del momento. En total sintonía con Oreiro, su compatriota Daniel Hendler se corre del registro actoral habitual para lograr un personaje diferente, lleno de matices y con un gran dominio para el gag.

El guión de Mi primera boda recayó en el experimentado Patricio Vega (Música en espera, 2009), un autor dúctil para la comedia clásica que sabe cómo rematar cada escena, qué intervención realizar para romper el hielo y en qué momento meter un gag que descolocará tanto al espectador como al personaje receptor. Ejemplos como este se aprecian en las intervenciones del disk-jockey, los amigos del novio o en Inés, extraordinario trabajo de Muriel Santa Ana, por citar algunos.

Desde lo técnico el trabajo es impecable. La dirección de fotografía de Felix “Chango” Monti, la música de Lucio Godoy, Darío Esquenazi y Adrián Iaies o el montaje de Francisco Freixá no hacen más que elevar el resultado del producto final de esos rubros que muchas veces este tipo de géneros descuida o no le da importancia.

Ariel Winograd ofrece una obra personal que se nutre de lo mejor del género, los más grandes actores y una serie de elementos plásticos para lograr la gran comedia que el cine argentino necesitaba para reivindicar a un género bastante maltratado. Rara vez se califica a una comedia de excelente, pero sin duda esta se lo merece. Vale apostar a Mi primera boda, fija para ganar y salir muerto de risa. No se la pierdan que vale la pena.

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