Ezequiel Boetti
22/06/2011 23:33

No me quites a mi novio (Something borrowed, 2011) se basa en la primera novela de Emily Giffin, Something Borrowed. Tanto esta como el resto de su bibliografía se encuadra dentro del subgénero romántico Chick lit, cuya característica principal es el abordaje de “asuntos de las mujeres modernas” desde la “ligereza” y “liviandad”. El resultado es una transposición acorde a su material larval.

No me quites a mi novio

(2011)

El opus tres de Luke Greenfield (Animal (2001) y La chica de al lado (2004)) plantea un virtual triángulo amoroso entre Rachel y Darcy (Ginnifer Goodwin y Kate Hudson respectivamente), mejores amigas desde tiempos inmemoriales -aunque ya allí había una cámara de fotos dispuesta a retratarlas-, y el timorato Dex (Colin Egglesfield). Él está a punto de casarse con Darcy, a quien conoció seis años atrás durante una salida con su compañera de facultad, Rachel. Ante la inminente llegada de las sortijas ajenas, y justo en el noche de la celebración de sus 30 años, Rachel y Dex pasan la noche juntos y hacen tambalear la estabilidad emocional del trío.

Si hay algo que no puede reprochársele a Greenfield es el empecinamiento en evadir la dispersión del espectador, dándole ya desde el primer fotograma el marco emocional en el que se desenvolverán los protagonistas. Pero lo breve no siempre implica capacidad narrativa; a veces, como en este caso, es todo lo contrario: personajes diagramados con fibrón y unidireccionales cuyo gramaje apenas supera la horizontalidad. En ese línea, todas sus acciones se circundan a la resolución del conflicto –nada novedoso, por cierto- entre el amor reprimido contra la amistad en apariencia indeleble. Y los pocos intentos de adosarle líneas argumentales que lo trasvasen son superfluos y débilmente trabajados. Allí está el personaje del padre de Dex, autor de uno de grandes one-liners del año al suplicarle al hijo que “deje lo que esté haciendo” con la buena de Rachel “porque esa chica de no es su clase”.

La unicidad emocional de los personajes le quita el escaso verosímil que propone Greenfield. Se sabe que la amistad y el amor son quizá los dos fenómenos más inexplicables de las relaciones interpersonales, pero el descarado egocentrismo de Darcy choca de frente y con ruido ante la pulcritud y serenidad de Rachel y Dex. Hasta ellos reconocen su manía por ocupar el centro de atención en cada evento social. En ningún momento del film Darcy cede; sino que recibe compulsivamente para nunca dar. De hecho su amorío nació así, con su amiga cediéndole en bandeja a su anhelado compañero facultativo ante la impávida actitud de éste.

Lo más grave es que la concepción centrípeta y efímera de Darcy se traslada a todo film ya que Greenfield decide concentrarse más en el endiosamiento de su modelo de vida y forma de ser que en entender los por qué de su condición. Proceder lógico, por cierto. Sobre todo si se trata de la adaptación de un beach-read bestseller.

2.0

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