Juan Pablo Russo
02/05/2011 12:34

Las consecuencias siempre son inevitables. Ese pareciera ser el punto de partida y llegada de Secuestro y Muerte (2010), último opus de Rafael Filipelli (Música nocturna, 2007), junto a un dream team encabezado por, entre otros,Mariano Llinás (Historias Extraordinarias, 2008), Beatríz Sarlo y David Oubiña en el guión, Inés de Oliveira Cézar (El recuento de los daños, 2010) como directora asistente y Alejo Moguillansky (Castro, 2009) en el montaje. Ante tanto talento junto uno no tiene más que esperar lo mejor. ¿O no?

Secuestro y Muerte

(2010)

Secuestro y Muerte es un artificio acerca de lo que fue el secuestro, seguido por el enjuiciamiento y posterior asesinato de un ex general de la Argentina, que no se puede dejar de asociar con Aramburú. No debe considerarse a la película como una película histórica con datos reales, ni tampoco que los acontecimientos sucedieron tal como se los muestra, sino que es una versión libre sobre un hecho real (o no). El verdadero centro de la trama está en las consecuencias atraídas por un suceso en el que cada una de las partes tendrá cierto grado de culpabilidad.

Desde las primeras escenas vemos cómo cuatro personajes se caracterizan frente a una cámara estática, indicadora de que desde ese momento todo lo que que vendrá será una puesta en escena y no algo real. La secuencia siguiente mostrará el secuestro narrado desde la artificialidad. Quien busque un verosímil no lo encontrará; no es el propósito de la película que así sea. Con ambos indicios, buscar realismo será una tarea difícil y meramente ilusoria.

Filipelli nos presenta una puesta en escena con algo de teatralidad. Planos construidos con un minucioso cuidado, no sólo en lo estético sino también en lo espacial y temporal, artificialidad que la historia plantea tanto desde su narración como desde su forma. Escenas donde cada detalle está cuidado al extremo, cada movimiento resulta milimétrico y cada plano encuentra un sentido. La cámara quieta y el travelling lateral encuentran la justificación de su uso, a pesar de que por ahí algunos acusen a estos dos elementos de quitarle ritmo y de provocar morosidad en el relato.

Desde lo ideológico el film no juzga ni redime a uno(s) ni a otro, sólo se enfoca en las consecuencias de los hechos y porqué cada uno hizo o hace ciertas cosas. Ambos bandos actúan a favor del pueblo y, según ellos, lo que al pueblo le conviene. Pero, ¿es eso lo que quiere el pueblo?. En esa pregunta radica la esencia de Secuestro y Muerte, que puede ser trasladada a toda la historia argentina. El supuesto hecho que se narra es una metáfora para poner en crisis las dicotomías que siempre desunieron a los argentinos y que provocaron consecuencias irreparables.

Con un guión conciso, lleno de preguntas hacia el espectador, en donde lo cinematográfico está muy presente, pero también lo sociológico y político, Secuestro y Muerte puede resultar una película molesta, impropia para estas épocas, extraña, pero nunca indiferente. Habrá quienes la consideren repulsiva y quienes crean necesario que el cine alguna vez se decida a hablar sobre las consecuencias que provocan ciertos hechos, sin culpables ni inocentes.

8.0

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