Juan Pablo Russo
25/01/2011 13:59

Cuando parecía que la estética cinematográfica había agotado sus formas y que en narrativa ya estaba todo dicho llega al cine Sidra (2002), ópera prima de Diego Recalde que si bien sigue ciertos lineamientos ya visto en La Jetée (Chris Marker, 1962) provoca un quiebre dentro del cine argentino, riéndose de sí mismo para narrar una historia con claras influencias tarantinesca.

Sidra

(2010)

Jaime viaja en colectivo cuando aparece una mujer pidiendo dinero que aduce ser portadora del virus del HIV, Mariela, la mujer en cuestión, tuvo sexo con él y cree estar contagiado. Por otro lado Diego, amigo de Jaime presenta un guión a un concurso del Instituto de Cine para filmar la primera película pornográfica apta para todo público. Nicolás y Patricio también presentan un proyecto al mismo concurso y casualmente uno de ellos también tuvo sexo casual con la misma mujer. Historias de cine, sexo y personajes urbanos se entrecruzarán en una película coral en donde las imágenes no tendrán movimiento.

Entre casualidades y causalidades se irá tejiendo una de las tramas más disparatadas y a la vez más realistas que nos ha brindado el cine en mucho tiempo, recurriendo a la utilización de un humor corrosivo para ejercer la crítica al sistema cinematográfico y a su vez reírse de los propios miedos humanos.

Recalde nos ofrece una película erigida a partir de fotografías y sólo algunas imágenes en movimiento. Desde esta construcción se pone en crisis la teoría de que el cine es arte en movimiento, ya que producto de de un montaje ágil y de la utilización de diálogos como si los personajes tuvieran movimiento se logra una sensación totalmente contraria a la de quietud y es ahí en donde se produce el quiebre estético y narrativo.

Otro de los logros de esta producción, que se filmó con sólo $700, es llevar a la comedia una situación dramática sin caer en el grotesco. Resulta casi imposible pensar en una expresión artística riéndose del HIV con el desparpajo y la acidez con la que lo hace Sidra, quitándole solemnidad a la tragedia para tratarla con la misma naturalidad que a un simple resfrío.

La utilización del humor negro, los guiños al cine y los constantes homenajes (Quentin Tarantino, Pedro Almodóvar, Wim Wenders) hablan de las influencias o gustos de Recalde, un director que trabaja cada plano, cada escena, cada secuencia de manera casi artesanal pero con una visión del cine que no muchos directores de hoy poseen. El montaje en paralelo de dos escenas con músicas diferentes es un recurso muy pocas veces explotado en la actualidad.

Sidra es una obra única que habla de todo lo que no es políticamente correcto y que se ríe de todo pero con altura y sin parodiar. En cierto punto se la podría comparar con Upa! Una película argentina (Santiago Giralt, Camila Toker, Hildegunn Waerness y Tamae Garateguy, 2007) por la irreverencia y el desparpajo con  que trata al dramatismo, pero sólo por eso. Porque Sidra es tan personal y única como el sabor de las manzanas, logrando un sabor extraño, acído y exquísito a la vez. Imposible perdérsela.

8.0

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