Maximiliano Curcio
18/05/2010 13:52

La parábola fílmica que va desde Quien Ama a Gilbert Grape (What’s Gilbert Grape Eating?, 1992) hasta Las Reglas de la Vida (The Cider House Rules, 1999) conformó una década de los ’90 impecable para un Lasse Hallström que entregó un cine de calidad e igualmente conmovedor. Siempre a su lado (Hachiko, 2009) sigue sin permitirle al director sueco recuperar su plenitud cinematográfica, esa misma que se ha desdibujado en sus últimas obras.

Siempre a su lado

(2009)

Siempre a su lado es una remake de una película japonesa estrenada en 1987 –dirigida por Seiijiró Koyama- que ambientaba esta misma historia en el Japón de los años ’20. Trasladada a la actualidad y basada en hechos reales, narra cómo un profesor de universidad encuentra a un cachorro perdido en la estación del tren y le brinda su cariño y su hogar. El perro en cuestión es Hachi, proveniente de una raza de origen japonés, quien logra crear un vínculo con su dueño tan especial como enternecedor.

Apoyado en excelentes rubros técnicos como la música y la fotografía, Hallström intenta transmitir con fuerza expresiva una historia ciertamente emotiva, que refleja la lealtad inquebrantable a través del paso del tiempo y donde la muerte (la desaparición física) no es sinónimo de ausencia del sentimiento. Siempre a su lado habla sobre cómo convivir con esos temas, pero sobre todo del desinterés y la pureza del amor de un perro, no en vano llamado el mejor amigo del hombre. Con estilo clásico, el autor traza estos lazos sentimentales que unen el destino de ambos, humano y mascota.

Siempre a su lado no está ajeno a ese cine lacrimógeno que siempre tiene a mano una historia como estas para apelar a la sensibilidad de su público. La relación entre el hombre y el animal es un tema que el cine ha sabido explotar, para bien o para mal. La reciente Marley y yo (Marley and Me, 2008) es un claro ejemplo de cómo este elemento dramático, lejos de ser utilizado para contar una historia que realmente conmueva, se utiliza como un vehículo para emocionar desde una postura accesoria, facilista y elemental.

El film es, casi su totalidad, el estudio de comportamiento entre el perro y su amo, un vínculo que estará repleto de fidelidad y pureza. Sin embargo, un acercamiento simple, casi como un reduccionismo argumental que no explora otro tipo de vínculos sentimentales del protagonista (su esposa, su hija), disminuye las pretensiones del film. Como inevitable resultado, reduce notablemente la calidad del producto. Todo lo que rodea el lazo del personaje de Richard Gere y de la mascota, parece ser un aditivo secundario de la trama, observadores perfectos de un entorno donde todo luce maravilloso, intocable y hasta insignificante.

Son pocas las películas que logran despegar de la mediocridad al narrar este vínculo sin tornarse rutinarias. Y un experimentado como Lasse Hallström, director que se eleva bastante por encima del nivel medio gracias a sus logros y conceptos vertidos, debería saber muy bien que hacer llorar al espectador no es un mérito de por sí. El mérito es saber hacerlo sin golpes bajos.

4.0

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