Ezequiel Obregón
28/04/2010 19:05

La ópera prima de Natalia Smirnoff aborda la disconformidad en la vida familiar desde un registro que oscila entre la comicidad y el drama. Se destaca la labor de María Onetto.

Rompecabezas

(2009)

María del Carmen es algo así como la versión local de Marge Simpson. Laboriosa, detallista, hasta en su propio cumpleaños número cincuenta trabaja en función de los demás. Lo exasperante está no tanto en su devoción, sino en el hecho de que este comportamiento aparezca naturalizado por el entorno. Luego del festejo se topa con uno de sus regalos, un rompecabezas que de manera más o menos inesperada logra resolver en poco tiempo. Este hecho casual la lleva a encontrarse con Roberto, un hombre de la alta sociedad (Arturo Goetz), quien la introduce al ambiente de las competencias de armado de rompecabezas, como compañera de juego.

La película muestra un camino de auto-descubrimiento, la exploración de una mujer hacia un “más allá” de la convivencia familiar. Si la familia resulta opresiva, no lo es desde la violencia explícita, sino desde la omisión y el desprecio tácito. ¿Qué lleva a María del Carmen a casi obsesionarse por ese juego? El film no da respuestas obvias, pero claramente se trata de una actividad que la singulariza y la muestra por primera vez como una persona separada del entorno. Rompecabezas alterna secuencias de un clima familiar-cotidiano y otro extraño, y por ello fascinante. El notable trabajo fotográfico de Bárbara Álvarez resalta los colores primarios, enfatizando el carácter lúdico del relato. Una suerte de extrañamiento que ubica al espectador en la óptica de la protagonista, una mujer de pocas palabras y emociones encorsetadas. 

La estructura del film pareciera tener la consistencia de un cuento, por la brevedad y por los mínimos apuntes que definen a los personajes. Ver a María del Carmen en el entorno aburguesado de Roberto es asistir a su turbamiento y perplejidad por estar en un ambiente en el que no se reconoce, pero en donde se siente comprendida. A diferencia de su casa, se trata de un espacio distendido y depurado de incomodidades, tan misterioso como el dueño de la casa. 

Es elogiable la capacidad de Smirnoff de desarrollar un in crescendo en el desarrollo dramático del film. La comicidad en los diálogos no es decorativa, por el contrario, subraya la perspectiva de vida de María del Carmen, subsumida a la organización de la vida de su marido (Gabriel Goity) y sus hijos. Esta capacidad no sólo es visible en el rol de directora. Como guionista, logró definir en una economía de secuencias el progresivo devenir de la consciencia de María del Carmen hacia una zona de su interior antes inexplorada. Aquí no hay moraleja, pero sí hay una construcción valorativa del fortalecimiento de la subjetividad desde un registro poco frecuentado por el cine nacional. Una muy buena carta de presentación para una directora que promete.

8.0

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