Juan Pablo Russo
06/08/2009 15:13

Desde la óptica de la metáfora sobre si misma, el director Martín Solá  nos presenta un documental en el que vida y muerte; vértigo y morosidad; encierro y libertad; se unifican dentro de un trabajo predominantemente minimalista, para adentrarnos en un mundo tan indiferente como nervioso.

Caja Cerrada

(2009)

El ambiente elegido para la historia es un barco de pescadores, así vemos a  un grupo de trabajadores que descansan pasivamente en la quietud de la noche, en la escena siguiente pasamos a la vorágine del trabajo, redes que caen al mar, la pesca masiva, la faena que parece nunca acabar, para finalmente, volver a la quietud del descanso. Caja cerrada es solo eso, una noche de trabajo en la  que miles de factores se conjugan para armar un bosquejo de la sociedad actual.

Martín Solá elige una puesta totalmente desestructurada para mostrarnos la vida y la muerte, peces libres en su habitad natural, que prisioneros del hombre, morirán en una caja de madera, obstruida, ahogados por el oxigeno. Con una cámara  estática, que nunca veremos mover, provocando un nerviosismo inusitado, el realizador se posa durante minutos en este ritual estableciendo una alusión al mundo contemporáneo, la agonía de los débiles sobre la magnificencia de los poderosos.

Bajo el lema “una imagen vale más que mil palabrasSolá casi no recurre a los diálogos para narrar la historia, solo imágenes quietas, mezcladas con el sonido ambiente que ubicado en un primer plano, acompañan cada secuencia de manera convincente sin apartarnos de la realidad.

Caja Cerrada no intenta ser pretenciosa, ni moralista, ni nada que se le parezca. Solo intenta mostrarnos a través de unas pocas imágenes cómo el mundo agoniza dentro de las cuatro caras de una caja que algunos pocos cerraron solo para su beneficio personal. Una apuesta diferente que vale la pena ver.

6.0

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