Ezequiel Obregón
31/07/2009 21:42

Hay dos posibilidades a la hora de ver el nuevo film del veterano Woody Allen.  La primera es tomarla en serio.  La segunda no: verla como un catálogo de chistes, ensamblados por un esquema que –en este caso- no por liviano deja de ser atrapante: el triángulo amoroso.  Un triángulo que, además, se articula sobre otras aristas ya transitadas.  Dos mujeres bien distintas y un seductor empedernido.  Quienes tomen la segunda chance (hay que decirlo: el film claramente “invita” a ello) se divertirán con Vicky Cristina Barcelona (2008).

Vicky Cristina Barcelona

(2008)

Una voz en off (en varias escenas sobre-explicativa) nos presenta a Vicky (Rebecca Hall) y a Cristina (Scarlett Johansson), un par de amigas que viajan a España.  La primera lo hace para terminar su tesis sobre cultura catalana.  La segunda la acompaña en clave más “turística”.  En cuestiones amorosas, no podrían ser más distintas.  Vicky es más racional y está comprometida, al borde del casamiento.  Cristina es impulsiva y pasional.  Es por ello que logra convencer a su amiga para que acepte la propuesta del artista plástico Juan Antonio (Javier Bardem), quien apenas las ve en un restaurante les propone ir un par de días a Oviedo y tener un menaje a trois.  La segunda parte de la propuesta es inadmisible para Vicky.  De cualquier manera, ese viaje le deparará más de una sorpresa.

Hasta la primera mitad del film, el relato se desarrolla con fluidez.  La fotografía destaca la arquitectura de Gaudí y otras bellezas de Barcelona.  La película se ríe de los estereotipos, y a través de varios diálogos apunta con ironía la mirada de los norteamericanos sobre otras culturas.  Las cosas no funcionan del todo bien cuando Allen abandona esa fluidez narrativa y mira con más seriedad a las relaciones amorosas.  Pero justo a tiempo aparece la María Elena (eficaz Penélope Cruz), la ex mujer de Juan Antonio, tan genial como neurótica.  Y el film reanuda su inicial encanto.

Como apuntamos al comienzo, la película funciona gracias a su liviandad, pero no carece de una justa dosis de dramatismo que convierte a sus personajes en criaturas atendibles en sus dilemas y tentaciones.  La trama toma caminos sensuales (discretos, en términos de lo que vemos hoy en el cine y en otros medios), con los que el director continúa divirtiéndonos.  El resultado es un film menor en su carrera, con desniveles, pero plenamente disfrutable.

6.0

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