Ezequiel Obregón
09/06/2009 00:45

La habitual originalidad con la que el estudio Pixar concibe a sus creaciones vuelve a ser la matriz impulsora de un largometraje, en este caso UP.  Con un virtuosísimo tratamiento visual (sobre todo en la versión 3-D) y un sólido guión, el relato se centra en el entrañable vínculo que surge entre dos personajes de visiones de mundo muy distintas, pero al mismo tiempo complementarias.

UP Una Aventura de Altura

(2009)

UP tiene como acción antecedente el vínculo entre Carl Fredricksen y su futura esposa, Ellie.  Ya en la infancia, hay en ella cierta curiosidad por los viajes a las tierras exóticas, producto de la admiración que tiene por Charles Muntz, un célebre explorador.  Admiración que se verá alimentada año tras año y que, con una economía de información muy bien instrumentada, la película reflejará a medida que los tortolitos crezcan y compartan sus vidas.  Pero un día ella muere.  Y el viudo, ex fabricante de globos voladores, deberá cargar con la culpa de no haber podido regalarle una vida en medio de las cataratas de algún país latinoamericano.  Pronto Carl se topará con Russel, un boy-scout regordete y bonachón con el que –involuntariamente- tendrá que compartir un viaje insólito.

Sin hacer una reflexión tan explícita sobre la alineación y la pérdida de la imaginación en la contemporaneidad (como en Wall-E), en UP asistimos a la posibilidad de utilizar el arte de la creación como la mejor forma de conectarse con el otro (o, en términos filosóficos, la “otredad”).  Hay una visión sobre el explorador que remite –al comienzo del film- con la mirada que los niños pueden tener de los cuentos de hadas.  El reverso de ese cuento se torna ominoso hacia la segunda parte de la película, cuando Carl y Russel advierten en ese personaje el lado macabro del positivismo a ultranza.  Es allí el momento en el que asumen el poder de la imaginación queda mejor expuesto.

Lo interesante aquí es cómo esa originalidad con la que los personajes se conectan están ligada, en el caso del anciano, a una pertenencia del pasado y, en el caso del niño, a la búsqueda de un mejor futuro.  Sus necesidades confluyen en una convivencia forzada al comienzo, pero placentera más tarde.  El guión de Bob Peterson y Pete Docter dota a los personajes de una credibilidad y una empatía formidable.  Algo que percibimos en cada creación de Pixar: la nada desdeñable capacidad de inventar personajes nobles, creíbles, plenamente convincentes y entrañables.

De más está decir que hay un goce en la misma construcción espacial, en la paleta de colores vivos con la que los animadores elaboraron su mundo.  Un universo creativo equiparable al cine de Hayao Miyazaki, desbordante de ideas.  En definitiva, un deleite para los sentidos que no defraudará las expectativas de quienes disfrutaron de Toy Story, Ratatouille o Wall-E.

8.0

Comentarios