Con Amanecer (Parte 1), comienza el fin de la saga Crepúsculo

Desde Nosferatu (1922) hasta la serie True Blood, los medios audiovisuales han mostrado un sostenido interés (con sus interrupciones, claro) por la figura del vampiro. En los 80’ y 90’ emergieron nuevas expresiones vampíricas, deslindadas de las más icónicas hasta ese momento (la expresionista de Murnau, pero también la clase B de Ed Wood y otros). Hubo varias versiones que recuperaban, reciclaban y transgredían las normativas “vampíricas”. A través del clasicismo cinematográfico de John Carpenter en Vampiros (Vampires, 1998), la mirada camp de El ansia (The hunger, 1983) y Entrevista con el vampiro (Interview with the Vampire: The Vampire Chronicles, 1994), el viraje hacia el melodrama adolescente con la serie Buffy, la cazavampiros o la más canónica superproducción de Drácula, de Bram Stoker (1992) con la firma de Francis Ford Coppola, el vampiro recuperó su centralidad en la industria.

Hacia mediados del 2000 nos preguntábamos qué saga iba a reemplazar a la de Harry Potter, que había llegado a su apogeo, con todos los libros publicados y cada vez menos entregas cinematográficas “en lista de espera”. Los récords de taquilla ubicaban al aprendiz de mago como uno de los engranajes esenciales del consumismo infantojuvenil. La respuesta llegó con la publicación de Crepúsculo, de Stephenie Meyer, una ama de casa mormona desconocida hasta el momento. Un nuevo impulso hacia esta criatura proteica para la industria del entretenimiento (no ya del cine, exclusivamente).

Crepúsculo (Twilight) se estrenó en el 2008 y batió records en todo el mundo. La primera entrega fue dirigida por Catherine Hardwicke. A los productores debió llamarles la atención su ópera prima A los trece (Thirteen, 2003), en donde la adolescencia era abordada desde una perspectiva más cruda. 

La primera película introducía al espectador al mundo de Bella (Kristen Stewart), una joven que acababa de mudarse junto a su padre al pueblo de Forks. En la secundaria, la chica nota que los más “señalados” son los hermanos Cullen, pálidos e introspectivos. El “flechazo” con Edward Cullen (Robert Pattinson) es inmediato. Al igual que sus compañeros, ignora que los Cullen son integrantes de una estirpe de vampiros que no mata a humanos. Allí, en esa cualidad, se desliza cierto halo de puritanismo que aumentará con el correr de las entregas. Puritarismo apenas amenazado por el accionar de los “otros vampiros”, los malos, y la aparición de los hombres lobo, más adelante. Con una previsible estructura melodramática, la película centra su mayor eje de tensión en la permanente lucha interna del galán por morder o no a su enamorada, pues el signo vampírico es visto –una vez más- como una tragedia eterna. En su estreno, sostuvimos aquí que la directora “se instala en la intimidad de la pareja con una estética que podría denominarse cool: ralentis, acordes de guitarra eléctrica y una fotografía casi publicitaria. Si bien son procedimientos altamente artificiales, singularizan el encuentro entre ambos, y gracias a la versatilidad de los intérpretes confluyen en un romance verosímil e intenso”.

La autora fue convocada por la producción para asistir al rodaje y supervisar el proceso de escritura para que ningún detalle quedara librado al azar, tratándose del comienzo de una empresa que continuaría con varios films más.

Para la segunda película de la saga, Luna Nueva (New Moon, 2009), los productores llamaron a Chris Weitz. Al igual que su antecesora, Weitz demostró versatilidad a la hora de trabajar sobre un relato que -más que una mirada autoral- necesitaba cierto grado de oficio en la tarea de transposición. En esta oportunidad, la pareja queda desplazada del núcleo dramático. Al menos, físicamente. Al comienzo del film, el hermano de Edward intenta morder a su amada, en un gesto que nos recuerda su innata debilidad. Más tarde, Bella se relaciona sentimentalmente con su amigo Jacob Black (Taylor Lautner), que no es otro que un hombre lobo. Pero el acontecimiento más significativo en Luna Nueva es –acaso- la partida de Edward. Creyendo a Bella muerta, viaja al viejo continente para recurrir a los Volturi, una suerte “episcopado vampírico” capaz de terminar con su vida.

Inicialmente, Lautner iba a ser reemplazado por algún actor que ostentara un físico más monumental, acorde a la corporalidad de su personaje. Pero se entrenó y pudo mantener su rol. De aquí en adelante, la saga oscila entre la depresión de Bella por la negativa de su amado a “convertirla” y pasajes cargados de adrenalina en donde vemos el enfrentamiento con los hombres-lobo. La magnitud del éxito del film sólo necesita a su día de estreno para dar cuenta del fenómeno: recaudó un 72,7 millones de dólares en Estados Unidos y Canadá, desplazando a Batman: el caballero de la noche (The Dark Knight, 2008).

En Eclipse (Twilight, 2008) la trama profundiza los componentes que caracterizaron desde un comienzo a la pareja protagónica: tragicidad en el vínculo amoroso y enfrentamiento de castas. Características que ubican a la historia en una larga tradición que remite a las tragedias clásicas. Los amantes no pueden no amarse, pero tampoco pueden consumar su amor. Todo esto, claro está, con una discreta dosis de erotismo y sangre, lo que garantiza una llegada masiva y suculentas recaudaciones.  

Esta semana llega a las carteleras del mundo Amanecer (Parte 1) (Breaking dawn – Part 1, 2011). Al igual que en el caso de Harry Potter, el estudio decidió hacer dos películas a partir del último libro. Una decisión que generará más tensión entre los fans, ansiosos por asistir a un final momentáneamente interrumpido. Una decisión, claro está, que va a generar más recaudaciones.

Innegable fenómeno cultural, reciclaje de géneros industriales de indudable masividad, la saga Crepúsculo no debiera ser denostada por una mirada crítica. A través de los tres films ya estrenados, confirma que este Hollywood (inserto en una de las peores crisis económicas de Estados Unidos) busca –más que nunca- reciclar fórmulas nuevas sin apelar a mayores riesgos. A esta altura, no podemos decir que el éxito de las películas sea subsidiario del libro o viceversa. Ambas partes se confunden en un mercado cada vez más atomizado y culturalmente homogéneo.

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