Emiliano Basile
20/06/2020 17:52

¿Por qué Psicosis es tan importante para la historia del cine? Una película que marcó un quiebre en la forma de filmar hasta el momento. ¿Pero por qué? ¿Porque mata a la protagonista a los cincuenta minutos de metraje? Tal vez ¿Porque era en blanco y negro para no mostrar la sangre roja que el código Hays censuraba? Quizás. Ingresemos en la tina de la representación para ahondar en los límites trasgredidlos por Alfred Hitchcock.

Psicosis

(1960)
9.0

Después de los créditos diseñados por Saul Bass y la electrizante música de Bernard Herrmann, un plano aéreo de la ciudad hace ingresar la cámara por una ventana entreabierta en mitad de la tarde. En el interior vemos una pareja de amantes en ropa interior que acaban de consumar el acto sexual. La cámara ingresa al espacio de lo prohibido, a la intimidad de la pareja de amantes. El pecado sobrevuela la escena: no se trata de una pareja consumada y se encuentran en la clandestinidad de un hotel de alojamiento. Nuestro ojo de voyeur disfruta mirando aquello que no debe mirar. La mujer amante es Marion Crane (Janet Leight), una secretaria que le roba una valija llena de dinero a su jefe (traicionando su confianza) y escapa por la carretera hasta caer en el Bates Motel. La otra acción voyeur es la toma subjetiva de Norman Bates (Anthony Perkins) al espiar a Marion Crane desvestirse antes de ducharse. Otra vez accedemos a lo prohibido, otra vez se transgrede una norma, otra vez disfrutamos nuestro rol de espectador.

En la escena cumbre de la película sucede lo inesperado: el violento asesinato de la ducha. El castigo que debía sufrir la protagonista (por ser adúltera, robar y fugarse) se materializa con una extraña justicia poética: La brutalidad de la escena. Escena que rompe la causalidad de la acción: el azar es lo que lleva a Marion a cruzarse con Norman Bates y su madre, sin estar relacionado con el delito cometido. De ahí el sorpresivo baño de sangre producido. ¿Debía ella pagar su culpa con semejante sufrimiento?, una violencia inédita, producto de la múltiple fragmentación del montaje, que propiciaba tantos cortes como cuchilladas de Norman Bates.

La truculencia de su castigo está asociada a nuestra mirada, o tal vez, ¿somos nosotros los castigados por ver lo que no debemos ver?. Hitchcock se adelanta a su época y convierte en icónico el asesinato, lo vedado de ser representado en pantalla. El crimen es el summum de lo prohibido para la representación y para nuestro ojo voyeur: el desnudo erótico, el asesinato y la sangre, juntos, ocultos detrás de una cortina de baño. Verlo es horroroso pero a la vez placentero en un claro acto de morbo cinematográfico. Nos atrae y nos repugna. Nos seduce y nos castiga. Nos gusta y nos da culpa disfrutarlo.

Hitchcock contaba en El cine según Hitchcock que se tomó licencias con Psicosis, que los excesos que se permitió en cuanto a la violencia por un lado, y a los cambios en el lenguaje por el otro, eran producto de una intención de jugar con el dispositivo cinematográfico y sus caprichos, sin estar tan pendiente de los motivos y razones del relato. Una característica habitual de los cineastas contemporáneos que tanto le deben al maestro del suspenso. Pero el público no siempre reacciona en consecuencia a los gustos del artista. Nadie se tomó en broma Psicosis. La película fue un éxito descomunal y un impacto en la retina de los espectadores. Y aún hoy lo es, sesenta años después de su estreno: sentimos el mismo horror al escuchar el grito inolvidable de Janet Leight cuando se abre la cortina del baño y descubrimos lo que nuestros ojos quieren ver.

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