Benjamín Harguindey
28/12/2019 20:59

Con Star Wars: Episodio IX - El Ascenso de Skywalker (Star Wars: The Rise of Skywalker, 2019), la nueva trilogía propulsada alternativamente por los directores J.J. Abrams y Brian Johnson y los guionistas Lawrence Kasdan y Chris Terrio llega a su fin y falla decisivamente en dos cuestiones.

Star Wars: Episodio IX - El Ascenso de Skywalker

(2019)

La primera es que nunca termina de justificar su propia existencia, deshaciendo un final decisivamente feliz - sin explicar cómo o por qué - sólo para alargar el mismo viejo pleito entre buenos y malos y concluir nuevamente de una forma similar que no tiene por qué ser más definitiva que la original. Son el tipo de cuestiones que se justifican meta-textualmente: hay más películas de Star Wars porque hay un público para ellas.

Todo ha sido un experimento en universos cinematográficos a la par del de Marvel, lanzando al menos una nueva película todos los años y discriminando entre episodios troncales e historias de relleno. La ironía es que en cinco años este modelo ha agotado a su público mucho más rápido que el de Marvel, que en 12 años estrenó 23 películas, cada una superando a la anterior en taquilla. Star Wars estrenó cinco películas en cinco años y aún promocionando Star Wars: Episodio IX - El Ascenso de Skywalker como la conclusión de toda la saga no logró superar la taquilla de las dos películas anteriores.

Puede que esta saturación acelerada se deba a la falta de cohesión dentro de la nueva trilogía, que nunca logró establecer un balance satisfactorio entre el drama y la comedia, lo importante y lo trivial, lo viejo y lo nuevo. A su modo, cada nueva entrega ha deshecho o simplemente ignorado lo que establecía la anterior, reaccionando sin mucha seguridad sobre cada decisión polémica o novedosa y corrigiendo constantemente la dirección de la historia y sus personajes como quien persigue televidentes. ¿Qué expectativas puede generar una historia que no posee la paciencia o la disciplina para plantear un giro sin deshacer otro?

La segunda cuestión es que la nueva trilogía nunca termina de fraguar una identidad propia: así como sus jóvenes protagonistas viven bajo la sombra de sus héroes, las nuevas películas mueren a la sombra de sus antecesoras. A pesar de tanto celebrar la rebeldía el curso de la saga ha sido prácticamente calcado de la original, pero con un segundo acto tan divagante que el tercero tiene que compensar en materia de acción dramática. Nada ha sido más dañino a esta nueva trilogía que la endeble bisagra entre la dos y la tres. La tercera película - una seguidilla de aventuras inconexas contada a las apuradas que suma personajes insulsos y cameos gratuitos con la desesperación de un cierre de campaña - es forzosamente una continuación de la primera, porque la segunda se tomó el trabajo de atar cabos sin establecer nada a cambio.

Nada en las nuevas películas tiene tanta resonancia emocional como cuando pasa lista a sus Grandes Hits. Nada posee tanto peso dramático como la aparición y el sacrificio ritual de los personajes originales. Tal es así que la tercera parte, quedándose corta de reparto significativo, amaga no una sino dos veces con la muerte de más referentes icónicos. Aún la dupla entre Rey (Daisy Ridley) y Kylo Ren (Adam Driver), cuya conexión es lo más intrigante que tiene la historia, es un mero eco del cortejo entre luz y oscuridad de Luke y Vader, concluyendo en el mismo lugar y de la misma forma.

Corrección: “Star Wars”, como se lo conoce hace más de 40 años, no es “Star Wars” después de todo, sino “La Saga Skywalker”. Es el tipo de retórica conferencista que le permite a Disney hablar de finales sin finalizar nada realmente, así como Marvel encadena sus películas en “fases” que se multiplican como las cabezas de la mítica hidra que supuestamente batallan sus héroes.

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