Benjamín Harguindey
30/11/2019 12:46

El Irlandés (The Irishman, 2019) es el tipo de reivindicación soñada que la realidad no suele avalar. Se estrena a más de una década de comenzar su desarrollo. Reúne a Martin Scorsese y Robert De Niro tras dos décadas. Saca al incomparable Joe Pesci del retiro. Revive el legendario dúo entre Al Pacino y De Niro, rejuvenecidos por arte de la magia digital. Es simultáneamente la película más cara y más larga del realizador, lograda con el exclusivo apoyo de Netflix, que se estrenó en su plataforma de streaming el 27 de noviembre tras un breve tour en cines selectos.

El Irlandés

(2019)

La película representa a su vez la culminación de toda la obra del artista. El Irlandés es a Martin Scorsese lo que Había una vez... en Hollywood (Once Upon a Time in Hollywood, 2019) es a Quentin Tarantino, y Twin Peaks The Return (2017) es a David Lynch. Son cineastas que han dominado el medio pero nunca han perdido la visión, aún cuando su extensa filmografía a permeado la cultura popular y sus estilos son frecuentemente imitados o parodiados; en su madurez artística son capaces de épicas contemplativas que reflejan la búsqueda de toda una vida.

Con una duración de 3 horas y media, El Irlandés se esfuma con una rapidez que la mayoría de las películas con la mitad de esa duración no tienen. Esencialmente trata sobre la memoria: narrada por el viejo asesino Frank Sheeran (Robert De Niro) desde los confines de un solitario asilo, sus recuerdos se dividen entre su ascenso dentro de la mafia de Russell Bufalino (Joe Pesci) y su asociación con el líder sindical Jimmy Hoffa (Al Pacino), cubriendo las décadas del ‘50 y ‘60, y un fatídico road trip que emprende junto a Russell y sus esposas en 1975.

Balanceando estas tres líneas temporales con fluidez, además del ocasional flashback y la típica tangente cómica o informativa, el film de Scorsese jamás pierde ímpetu o claridad. Desde el principio vemos cómo termina Sheeran y sabemos cómo termina Hoffa, pero la estructura del film se presta naturalmente para crear suspenso y tensión entre sus partes. Dotada de docenas de personajes secundarios (interpretados por un veterano elenco) y atravesada por varias citas históricas, la trama funciona tanto como una épica como un relato íntimo.

Es un placer la precisión y sutileza con la que Scorsese caracteriza a sus personajes con el movimiento de cámara justo o la línea de diálogo justa, así como a través del montaje (labor de la legendaria Thelma Schoonmaker) los planos chocan, contrastan, realzan, esconden, sugieren. En El Irlandés todos los elementos crean un efecto puntual y deseado, pero eso no hace a la película efectista. Scorsese utiliza todos los recursos que tiene a mano con la economía de alguien que posee convicciones fuertes y tiene plena confianza en sus habilidades y la de sus colaboradores.

Uno de sus dones siempre ha sido plantear historias con un tono compinche y confesional, algo así como primicias emocionales, contadas desde una perspectiva interna y alternativa. Por el tema, el elenco y los recursos narrativos la comparación inevitable es con Buenos Muchachos (Goodfellas, 1990). Ambas comparten una energía similar y podrían ser descritas como lados de la misma moneda. Buenos Muchachos es la versión cómica del ascenso y la caída dentro de un exclusivo mundo criminal; El Irlandés es la versión dramática, admitiendo viñetas humorísticas pero tiñendo el relato de culpa y amargura. Ambas se basan en relatos biográficos, ambas son igual de sinceras.

Para nada se glamoriza la mafia, ni se glorifica la violencia, que se muestra de manera breve, súbita y definitiva. Los protagonistas de Scorsese priorizan el estilo de sus vidas por sobre la calidad de las mismas, y el poder de El Irlandés yace en la discreta pero brutal exploración de los efectos que estas decisiones tienen en el ocaso de sus vidas. Es una de las mejores películas en la filmografía de su director, y si es también una de las mejores del año, significa que el cine ha tenido un año excelente.

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