Fernando E. Juan Lima
15/05/2019 22:39

En años que fueron menos buenos de lo que este promete, la Quincena de los Realizadores (muestra paralela, no oficial, otro festival en sí mismo) supo ser el refugio donde podía accederse a películas que inexplicablemente habían sido ignoradas por la selección oficial, más atenta a Lanthimos, Iñárritu o Dolan que a Gomes, Desplechin o Bellocchio (estos dos últimos, nuevamente en la competencia mayor este año).

Le daim

(2019)
7.0

El nuevo director artístico (que es como posiblemente llamaríamos por nuestras tierras al Delegado General), Paolo Moretti (cuya designación se anunció en marzo del año pasado pero recién asumió su cargo en noviembre) ha modificado el equipo de programadores (entre los que ha incluido al crítico y programador argentino Diego Lerer) y parece ahondar la tendencia a que la Quincena cumpla eso que se pensó debía hacer Un certain regard (segunda selección oficial, supuestamente dedicada a propuestas más novedosas y radicales). La presencia de figuras como Lav Diaz y Takashi Miike, pero también de la segunda película de Robert Eggers (a quien conocimos por la pequeña revolución que generó La Bruja) The Lighthouse y la última del argentino Alejo Moguillansky, Por el dinero, dan cuenta de una libertad y desprejuicio, de una manera de combinar vanguardia y cine de género que tiende a diferenciarse de lo que es más habitual en la selección oficial.

En línea con esta mirada, la película elegida para la apertura parece una declaración de principios: Le daim, de Quentin Dupieux. Es cierto que el protagónico del usualmente bastante insufrible pero muy famoso Jean Dujardin (El Artista) y que esta vez la película sea hablada en francés haya podido tener algo de influencia. Pero abrir la muestra con una comedia, y una bastante lunática y fuera de norma es algo que de por sí se agradece. A Dupieux quizás lo conocen porque sus películas anteriores pudieron verse en festivales argentinos e, incluso, algunas de ellas como Rubber y Wrong cops son difundidas con bastante reiteración en el canal de cable I-sat. Quien haya visto alguna de estas (o Wrong) quizás pueda hacerse alguna idea. Y es que este director y músico autodidacta (en el ámbito de la producción musical se lo conoce como Mr. Oizo) tuvo la osadía de hacer una película completa cuyo protagonista era una rueda de un auto (Rubber). El sinsentido, los tiempos muertos, el extender el ridículo hasta límites casi intolerables son algunas de las herramientas a las que acude asiduamente. En su nueva realización cabría corregir lo dicho en cuanto a que no sólo Dujardin protagoniza la trama; el rol co-protagónico corresponde a ¡una campera de cuero! (de ciervo, para más datos). La obsesión por el fetiche, el acudir nuevamente a ciertos lugares comunes genéricos (la megalomanía de los protagonistas y su alocado plan para “conquistar el mundo”) y una autoconciencia puesta en pantalla en torno a la carencia de formación cinematográfica (los protagonistas filman una película como excusa o manera de ocultar su plan maléfico) son los múltiples elementos que conforman una despareja pero muy divertida película. No se trata de una genialidad, pero lo cierto es que esa falta de límites, ese aire infantil se confunde con surrealismo o nonsense, hacen que la sala acompañe con ruidosas carcajadas gran parte de la proyección. Eso sí que es poco habitual en el Festival de Cannes.

A caminar un poco más (nos alejamos aún más del Palacio del Festival) y en otra de las prestigiosas secciones paralelas (la últimamente algo alicaída Semana de la Crítica), nos encontramos con la ópera prima marroquí The Unknown Saint, de Alaa Eddine Aljem. La posibilidad de acercarse a cinematografías (y mundos) menos conocidos es algo que se agradece a la Semana de la Crítica, en la que también abundan las óperas primas. Eso es algo que se mantiene en el tiempo (aquí se programó por ejemplo Las Acacias, de Pablo Giorgelli, que terminó llevándose la Cámara de Oro, premio que distingue a la mejor ópera prima de todas las secciones del Festival) y que marca la diferencia con la Competencia Oficial, de la que sólo participa una. El título en francés "Le miracle du saint inconnu" (El milagro del santo desconocido) posiblemente le hace más justicia que la acotada versión en inglés para la difusión internacional. Lo milagroso del asunto es cómo meterse con filo con los caprichosos ritos en los que atávicas costumbres y mandatos religiosos se confunden y hacer lo mismo una película que entiende y respeta la religiosidad. El humor, aunque ñoño, funciona y sólo el abuso en las pinceladas de color local y algunos minutos de más impiden que estemos hablando de una obra digna de ser mejor recordada.

Por último por hoy (las de la noche las dejaré para mañana, que algo hay que dormir), la primera película de la Competencia Oficial, Les Misérables. Es bastante usual esto de comenzar con una película local, aunque la dirigida por Ladj Ly -merece ser aclarado- sólo de manera lateral se vincula con el clásico de Víctor Hugo. Es que el director (que viene del cine documental y que había realizado un corto sobre la sublevación popular de 2005 que ganó un César y que fue el germen de este largometraje) es originario de Montfermeil, donde transcurre la acción en el film y también en parte de la obra de Víctor Hugo. Un día de trabajo de un comando policial en una de las zonas más calientes de Francia es una buena excusa para indagar en torno a cuánto ha cambiado lo que ya en "Los miserables" se denunciaba. La película tiene mucho ritmo, nervio, músculo. Conecta, de alguna manera, con cierta deriva que une el cine de Spike Lee con la germinal El odio, de Mathieu Kassovitz. Hay mucho también de la potencia de Jacques Audiard, pero sin su ambigüedad. Así, el mensaje de Les Misérables está demasiado subrayado y el placer que se advierte en la explotación de la violencia pone en duda la consistencia política de una película que, si no fuera por la explícita bajada de línea bien podría ser una nueva entrega de la saga brasileña Tropa de Élite.

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