Pedro Almodóvar
05/10/2018 11:22

Pedro Almodóvar reflexiona en un texto para El Mundo sobre su última película, Dolor y gloria, película que cierra la trilogía comenzada por La ley del deseo y La mala educación, cuyo estreno está previsto para febrero de 2019, y sobre el trabajo de su elenco: Antonio Banderas, Penélope Cruz, Julieta Serrano, Cecilia Roth, Leonardo Sbaraglia, Asier Etxeandia, Nora Navas...

Dolor y gloria

(2019)

Sin haberlo pretendido, Dolor y gloria es la tercera parte de una trilogía de creación espontánea que ha tardado 32 años en completarse. La trilogía a la que me refiero está compuesta por La ley del deseo y La mala educación.

Dolor y gloria sería la tercera parte de esta trilogía en la que el deseo y la ficción cinematográfica son los pilares de la historia. En las tres los protagonistas son directores de cine, pero la forma en que la ficción se entrevera con la realidad de cada uno es muy distinta en las tres narraciones. Ficción y vida forman parte de la misma moneda, y la vida siempre incluye dolor y deseo.

Hace poco más de una semana que hemos terminado el rodaje y todavía no he salido de la película para poder hablar de ella con un mínimo de distancia. No me gustaría dar pistas falsas, los primeros comentarios no son necesariamente los más certeros y después te persiguen durante toda la promoción.

No sé todavía qué película hemos hecho, pero sí puedo hablar de la excelencia de los actores y de que ha sido un rodaje idílico. Desde el primer día, la primera lectura del guion y el primer día de ensayo, Dolor y gloria ha sido una película bendecida por la suerte. Un rodaje, por naturaleza, es una fábrica de conflictos. Esta vez no ha sido así.

Dolor y gloria habla, entre otros temas, de dos historias de amor que han marcado al protagonista, Salvador Mallo (Antonio Banderas), dos historias marcadas (perdón por la redundancia, pero en esta película todo es intenso y deja huella), dos historias de amor marcadas por el tiempo, el azar y la ficción.

La dinámica de una de ellas, titulada La adicción, tiene que ver con las raíces del teatro, la palabra y la memoria dolorida. Alberto Crespo (Asier Etxeandia), un actor que conoció tiempos mejores, interpreta un monólogo (La adicción) cuyo autor (Salvador Mallo) habla de su fascinación por el cine, cuando las pantallas eran grandes muros encalados de blanco al aire libre; y también habla de una historia de amor amputada cuando aún estaba muy viva. El trío de actores implicados en esta ronda están deslumbrantes. El tercero es Leonardo Sbaraglia, que interpreta al amante que vuelve después de más de 30 años de ausencia. Asier y Leo han sido para mí dos grandes revelaciones, y respecto a Antonio Banderas creo que desde Átame! éste es su mejor trabajo. Esta película supone el renacimiento de Antonio, y que nadie me malentienda, pero todos los que hemos sido testigos de su interpretación, día a día, estamos conmocionados. Ha escogido, conmigo de la mano, la tesitura opuesta a la que caracteriza sus trabajos más importantes. Muy hondo, muy sutil, con una galería variadísima de gestos minúsculos, ha sacado adelante un personaje muy difícil y lleno de riesgos.

Como sus dos predecesoras, Dolor y gloria es una película de hombres; quiero decir, donde los protagonistas son los varones, muy apoyados en los personajes femeninos secundarios, la madre (Penélope Cruz yJulieta Serrano dándole cuerpo al mismo personaje en edades distintas), la asistente fiel (Nora Navas, muy rubia), la actriz (Cecilia Roth) y la beata del pueblo (Susy Sánchez). Ha sido una fiesta el reencuentro con las ya conocidas y una sorpresa con futuro trabajar con Nora Novas por primera vez.

Tenía muchas ganas de volver a trabajar con Julieta Serrano. Su precisión me ha impresionado tanto como en cada una de las películas que hicimos en los 80. Aquí todo se eleva cuando aparece ella. Penélope Cruz también es la madre, pero una madre distinta a las que ha interpretado conmigo. Muy distinta de la de Volver, por ejemplo. Es cierto que va despeinada en plan divento matta, como en Volver, pero es un despeinado distinto. Mal vestida, peor peinada y a principios de los años 60, tal vez sea inevitable pensar de nuevo en Sofia Loren, la madre de todas las madres. Pero en Dolor y gloria Penélope está distinta, su personaje es una madre de posguerra, una mujer que como la mayoría de su generación tuvo que luchar muy duramente para sacar su familia adelante. Hay una amargura mansa, algo que se parece a la humillación y que Penélope resuelve con finura y sin aspavientos. Conozco a ese tipo de mujeres, me formé con ellas. Aunque la hemos despojado de todo glamour, la belleza de Penélope emerge, si cabe, con más fuerza. Gracias desde aquí a Raúl Arévalo, que interpreta al marido de Penélope, un cameo que él defiende como si fuera el protagonista.

La suerte también me ha acompañado con los dos actores debutantes que interpretan sendos personajes cuya importancia en la historia se desvela al final. Me refiero al niño Asier Flores (interpreta a Salvador niño), y al joven César Vicente: ellos son las dos auténticas revelaciones, esta es la primera vez que se ponen delante de una cámara. Contar con un niño actor de nueve años es una bendición; y contemplar la espontaneidad y pureza de César Vicente, un privilegio. Descubrir el nacimiento de dos actores y ser el primer testigo de su eclosión es uno de los regalos de ser director de cine.

La película está en posproducción y esperamos estrenar algún día de febrero del próximo año. Para entonces tendré muchas más cosas que decir. No habrá quien me calle.

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