Juan Pablo Russo
14/09/2018 01:19

Stefano Cucchi, un joven de 31 años, murió en octubre de 2009 a manos del Estado italiano tras una semana preso. Casi diez años después, y una larga batalla por demostrar la verdad por parte de su hermana Ilaria, poca gente conoce aún cómo fueron los hechos. Adaptada por Alessio Cremonini, En carne propia: Los últimos días de Stefano Cucchi (Sulla mia pelle, 2018) ofició de apertura en la sección Orizzonti de la 75 Mostra de Venecia y ahora puede verse por Netflix.

En carne propia: Los últimos días de Stefano Cucchi

(2018)
8.0

La historia comienza la noche del 15 de octubre de 2009, cuando Stefano es arrestado en su coche junto a un amigo por una patrulla de carabineros. Estos encuentran 20 gramos de hachís divididos en 12 y dos gramos de cocaína. Cucchi no es un criminal, tan solo un joven contable que ayuda a su padre en la oficina mientras supera un pasado marcado por la adicción a la heroína, tiempo durante el cual pasó por varias instituciones de rehabilitación. Cuando estaba a punto de volver a la normalidad, su actitud poco cooperativa durante el registro policial lo lleva a ser arrestado, antes de ser golpeado salvajemente dos policías de civil.

Cremonini elige para su versión cinematográfica de los hechos mostrar lo sucedido como un auténtico calvario. Pasando de una estación de policía a otra, y del juzgado al hospital -como las distintas paradas realizadas por Jesucristo en su camino a la cruz- Stefano experimenta un doloroso recorrido que termina con su propia muerte. La posterior examinación mediante rayos X certifica su crucifixión, mientras que el viaje final realizado por sus padres, Rita y Giovanni, y su hermana representa una suerte de descenso caravaggiano.

Protagonizada por Alessandro Borghi, el camaleónico actor de Suburra, En carne propia: Los últimos días de Stefano Cucchi demuestra como las conciencias están adormecidas. Después de una golpiza que dejó marcas evidentes por todo su cuerpo, Stefano Cucchi entra en contacto con médicos, enfermeras, guardias, policías, funcionarios de prisiones, un juez y un abogado. Incluso aquellos que sienten lástima por el pobre desamparado miran hacia otro lado. Y más tarde, después de su muerte, vienen las mentiras, engaños y verdades acordadas. Stefano se ha convertido en un ‘objeto’, ya no es un ser humano a cargo de las instituciones estatales. Igual que los otros 175 prisioneros que murieron en custodia durante ese mismo año en Italia y muchos otros que mueren de igual forma en todo el mundo, incluso en Argentina.

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