Leo Damario
07/08/2018 00:22

El director argentino Leo Damario, artífice de obras como Palmera (2012), Bohemia (2014) o la inminente Sirena, reflexiona a partir de su ópera prima Olympia (2011) sobre la legalización del aborto y el empoderamiento femenino a través de un texto tan personal y carente de eufenismos como toda su obra.

Olympia

(2011)

Hija de una familia acomodada de campo que hizo gran parte de su fortuna con la exportación de la soja, Olympia fue desterrada de su hogar a los quince cuando los peones de su padre conocían por demás cada detalle de las curvas y los gemidos de la hija del patrón. Su hermana, la heredera de todo, se casó con un gordillo macho alfa de ojos claros que le dio hijos y continuidad al negocio de su familia cuando los padres de las hermanas fallecieron. Olympia, desde los quince se vino a estudiar a la capital viviendo de las remesas de su familia. La excusa que los padres se inventaron es que la pequeña estudia danza clásica en la Capital. La muchachita dedico sus días a estirar su cuerpo con cuanto muchacho, madurito o jovencita conociera. Siempre ávida de fama, en el 2008, previo al furor de las redes sociales, Olympia era diosa de Fotolog y pro diva calienta pavas de Twitter. De un modo orgánico, Olympia y un noviecito bastante mayor (y bastante desagradable) comenzaron a filmarse (el cómo todo hombre bruto se jacta de decir mentiras manipulando la post verdad sobre la intimidad de la bella chica). Los videos que Olympia se encargó de subirlos fueron un furor, de nicho porno, pero un furor.

Asi fue como ella empezó a filmarse con otros compañer@s (chicas y chicos) y despegó sola. En 2011 con su doctrina bajada por los mandamientos de Lady Gaga para convertirse en una mega estrella, esta Olympia que su vida se convierte en film (mi primer film) retrata la llamada de una oportunidad única en su vida. Una major de cine pornográfica liderada por mujeres (la productora es Edda Bustamante, la directora de los films triple X es Mercedes Morán la convoca para participar en una cinta comercial. La escena es una gang bang (quizá ven en ella una flexibilidad y una ninfomanía idónea para el rol). Olympia acepta estupenda el rol. Pero en el porno comercial se trata de cuidar a les un@s y a les otr@s. Entonces Olympia acude a una revisación médica por una doc del palo. Es en esos treinta minutos de mi fashonizada Olympia (fashion no es frívolo) que se entera que está embarazada. La película versa sobre su decisión y explica por primera vez en el cine nacional (y mucho antes que el periodista de chimentos Jorge Rial) como utilizar las pastillas abortivas en el primer mes de embarazo. Las cosas salen bien para la novel actriz y filma su gan bang. Para el final de mi ópera prima cierra una leyenda de letras blancas y fondo negro que narra el devenir de la carrera de Olympia: Finalmente llego al millón de seguidores en Twitter, filmó varias otras exitosas gangbangs y abortó otras tres veces hasta someterse a una castración quirúrgica.

Mi primera carta de culto al mundo del cine (hoy Olympia tiene casi medio millón de reproducciones en un año pirateada en Youtube, se proyectó en festivales soñados como Berlín o Glastonbury luego de un show de los Rolling Stones) traza el derrotero de una mujer empoderada que busca hacerse a sí misma con total soberanía de su cuerpo.

Aunque en Olympia no hay pañuelos verdes, el escollo de la maternidad opera como opresivo mandamiento sobre el cuerpo de la mujer. Y casi plagiando a Houellebecq los personajes repiten frases de sus novelas sobre el espacio de la mujer en el poder. Luego de Olympia escribí Resentimental (2016) una historia de romance edulcorado sobre una directora de cine lesbo que conquistaba a varias minitas de su entorno. Al punto de casarse con una modelo que era su musa y perderla por su productor (un andrógino mujeriego) se la roba y la deja embarazada. Otra vez las funciones orgánicas del cuerpo eligiendo por sobre la sensibilidad de las personas, de los espíritus.

Ambas películas también tienen sus fervientes detractores que no pueden ver más allá de la belleza femenina objetiva que tienen los actantes de mi cine. Y es que ahí se plantea el juego y se traza el límite de la política estética que practico.

Siento, como cineasta, que a la mujer, en la sociedad machista que se vive (y que aún se sigue practicando) a la mujer se la juzga constantemente por su envase. Si es flaca (basta con leer los comentarios conservadores que ladran a la belleza insoslayable de mi protagonista de Rock y Juventud o los demás clips que filmamos con Andrés Calamaro) si es gorda, si es linda (conozco más modelos que leyeron a Kieerkegard y Pascal que a periodistas), si es fea.

Para bien y para mal. Hace poco la inteligente Srta. Bimbo que me pasó a visitar por mi mi hogar (porque no tengo redes y no entiendo el compromiso de un debate milenial) me dijo una frase muy lucida: "Stephen Hawkins jamás podría haber sido mujer".

Este miércoles se vota una ley a favor de la soberanía del cuerpo del humano (aunque nunca tendremos el control total porque estamos de paso). Es importante que esa ley (maniqueos políticos y plásticos publicitarios al margen con los que no estoy de acuerdo) sea ley. Porque corresponde. Porque la realidad debe acompañar a la ficción de una vez por todas.

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