Juan Pablo Russo
05/03/2017 12:54

Un grupo de poderosos quiere invadir Aquilea. No se sabe mucho de ellos, sólo que visten gabardinas claras y que llevan tiempo preparando la invasión. Tanto, que no dudarán en torturar o matar a los defensores de la ciudad -liderados por el anciano Don Porfirio -para conseguir su objetivo. Éste es el argumento de la película Invasión (Hugo Santiago, 1969), que el BAMA Cine Arte (Av. Pres. Roque Sáenz Peña 1145- CABA) exhibe a propósito del estreno de El cielo del centauro, última película del director de culto argentino.

Invasión

(1969)
10

Invasión es una película vanguardista para la época, pero no es ése su mayor atractivo, sino la firmas que acompañan a Hugo Santiago. La trama le coresponde al director de culto argentino junto con dos figuras clave de la literatura: Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares. Borges, también, el autor del guion, en una, la más conocida, de sus cuatro incursiones en este oficio.

Los invasores que se describen en la película son personas totalmente normales, sólo distinguibles de los componentes de la resistencia por una tendencia a vestir gabardinas de color claro. En un momento, uno de los protagonistas comenta con Don Porfirio que no merece la pena defender la ciudad, porque sus propios habitantes no quieren ser defendidos. "Lo que les vamos a vender les gusta", comenta en otra secuencia uno de los invasores a este mismo personaje.

Se trata de un comentario que sin duda recuerda al peronismo y contra el que Borges se pronunció con más o menos sutileza sistemáticamente. Pero en esta película, estrenada en 1969, ambientada más de 10 años antes en una ciudad ficticia que no se molesta en disimular que es Buenos Aires, se prevé también lo que estaba por llegar al país: una invasión muy real por parte de los militares.

Las torturas con electricidad de los invasores a los miembros de la resistencia que se dibujan muy levemente en el film pasarían de la gran pantalla a la vida real apenas siete años después, aunque esto Borges no podría saberlo.

A pesar de que cuando se rodó la película, el autor de El Aleph ya estaba muy cerca de la ceguera, no es de extrañar que hiciera sus pinitos como guionista, ya que es conocido su amor por el séptimo arte. En la década de 1940 ejerció de crítico cinematográfico y publicó algunas de sus reseñas en la revista Sur, muchas de ellas recogidas en el libro Borges y el cine de Edgardo Cozarinsky.

Una de las críticas más conocidas es sobre El ciudadano (Citizen Kane, 1941), que incluye párrafos como éste: "Me atrevo a sospechar, sin embargo, que El ciudadano perdurará como perduran ciertos films de Griffith o de Pudovkin, cuyo valor histórico nadie niega, pero que nadie se resigna a rever. Adolece de gigantismo, de pedantería, de tedio. No es inteligente, es genial: en el sentido más nocturno y más alemán de esta mala palabra".

Por último, un detalle más por los amantes de lo borgiano. En la película se puede apreciar otra de las facetas del escritor: la de compositor de milongas. En la de La muerte de Manuel Flores, que se escucha en el film, hay joyas como ésta: "Y sin embargo me cuesta / decirle adiós a la vida/ esa cosa tan de siempre/ tan dulce y tan conocida".

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