José C. Donayre Guerrero
16/02/2016 01:59

El pasado 8 de febrero se cumplieron 40 desde el estreno mundial de Taxi Driver (1976), película emblemática y fascinante de Martin Scorsese y que, aún con el tiempo y la impresionante lista de películas dirigidas por el director norteamericano, sigue viva y sellada por una inacabable vitalidad. Su fuerza se prende instantáneamente en la pantalla, algo que sólo puede ser obra del arte cinematográfico y su imperiosa capacidad para resguardarse en la memoria. No por nada, este film puede verse infinidad de veces y siempre trae una sensación nueva, decorada por el compás variable de un mundo oscuro que nos invita a quedarnos hasta el final.

Taxi Driver

(1976)

Si bien todas las películas de Martin Scorsese suscitan una atención vertiginosa y fiel, lo que sucedió con Taxi Driver en el año 1976 no fue nada casual ni obra de una fiebre novedosa del momento. Ganadora de La Palma de Oro del Festival de Cannes del mismo año, y plagada de nominaciones a los Premios Óscar -incluyendo la de mejor guión para Paul Schrader- el film es además una enorme clase sobre cinematografía. Demuestra aún más aquella ola del nuevo despertar del cine norteamericano de los 70s, pues trajo la psicología aliada a la ciudad al momento de narrar. Todo se ve potenciado desde la mirada de un solo personaje o lo que sería un solo punto de vista desde el que se pinta todo el mundo a presentar. Una idea en la que todo queda teñido por cómo este personaje mira y piensa el ambiente en que se encuentra se nos sumerge en las desventuras nocturnas y eternos insomnios del joven Travis Bickle, interpretado de manera inquietante por Robert De Niro en una de sus mejores actuaciones.

Al mismo tiempo y de manera contagiosa, la película es una mirada sobre New York y sus múltiples caras. Una diversidad –representada en un intenso conflicto racial- que llega con personajes que surgen de los más psicodélicos tugurios que sirven como lugares de paso para una ciudad hostil que parece nunca detenerse.

Cabe señalarse que el mismo año, en el Festival de Cannes de 1976 se estrena la película El inquilino (The tenant) de Roman Polanski, el director por antonomasia que trabaja desde un punto de vista y que construye un thriller desde la plena subjetividad. Es decir, que estamos en una época donde las ciudades o las historias van cayendo sobre una mirada particular. La mirada del psicótico o una mirada neurótica. Herencia europea y herencia clásica: Un hombre que desde su pequeña habitación opina del mundo como si fuera un escritor que desde su propia soledad necesita hablar de un mundo plural y diverso. Hay que tener en cuenta que Scorsese tiene a De Niro escribiendo un diario con lo cual se inserta la idea psicológica utilizada para construir suspenso. Esto llega desde Alfred Hitchcock y sobre todo de la libertad de la Nueva Ola francesa (Nouvelle Vague) que trae en Taxi Driver a un ser solitario que va cargándose de la violencia marginal que lo rodea hasta el punto de explotar.

Lo interesante es como el resultado es un film inmortal hoy devenido en clásico, se convierte en una obra mentora e impulsa a realizar cine por la manera documental de filmar que tiene Scorsese. Algo que todo el tiempo mezcla con la forma rígida que exige la ficción. La cámara varía todo el tiempo desde imprecisos movimientos en el exterior a limpios travellings con posiciones cada vez más expresivas en los interiores. A ello se puede sumar el montaje rápido para contar pequeñas acciones, saltos rápidos, cámara lenta para generar tensión y cámara rápida para puntualizar detalles de manera veloz.

Con ello no solo se abre el estilo Scorsese sino también un estilo moderno de contar una subjetividad. Sin olvidar la enorme música de Bernard Hermann. Todo esto se vislumbra en los films que vendrán después: Toro Salvaje (Raging Bull, 1980), Buenos Muchachos (Goodfellas, 1990), Cabo de miedo (Cape Fear, 1991) y Casino (1995), por citar algunos ejemplos. A la vez podría decirse que Taxi Driver logra cautivar y volverse autónoma con su propia energía cinética.

En vista de los 40 años, se puede nombrar algunas anécdotas que muestran que no sólo fue una película de ritmo vertiginoso entorno a un ser solitario, sino también tuvo una producción galopante e intensa con sus creadores solitarios. El guionista Paul Schrader escribió el libro asumido en un estado de gracia, que él mismo define como la sensación de un animal enloquecido, con un arma cerca de él, hasta que sin parar lo termina en unos diez días. Martin Scorsese tuvo que esperar hasta después de hacer Alicia no vive más aquí (1974) para tomar una película de este calibre dado que antes solo había hecho El tren de Bertha (Boxcar Bertha, 1972) y terminaba Malas calles (Mean Streets, 1973). Robert De Niro que ya había ganado el premio Óscar por El Padrino II (The Goodfather, part II, 1974), alquiló un taxi y se registró para hacer de verdadero conductor por las calles de New York para nutrir su caracterización, lo cual implicaba convertirse física y psicológicamente en un insomne excombatiente de Vietman. El mismo Martin Scorsese hace un cameo ante la ausencia de un actor secundario y Robert De Niro hizo la frase más conocida producto del azar y la improvisación mientras se miraba al espejo. Este film entonces se posiciona en lo alto del cine hasta nuestros días sobre todo porque gana más adeptos con un Scorsese que filma una subjetividad desde su llamado “espacio intermedio” puesto que tiene la herencia de un cine clásico norteamericano hollywoodense y al mismo tiempo una herencia europea llegada de su familia italiana. Aprendiendo desde muy niño y en solitario, dentro de Little Italy la pasión por el celuloide bajo dos herencias cinematográficas que finalmente influirían para que sea el cineasta que es.

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