Ezequiel Obregón
05/02/2016 15:06

Carol (2015), de Todd Haynes, llegó esta semana a las carteleras argentinas. Meses después de su estreno en el 68 Festival de Cannes (en donde no ganó como Mejor Película, pero sí obtuvo un premio para Rooney Mara), finalmente el público local podrá disfrutar de este tour de force emocional que se concentra en el amor entre dos mujeres. Aquí, un breve recorrido por el cine argentino y su mirada sobre las lesbianas.

Carol

(2015)

Si nos detenemos en el ámbito del cine nacional, podemos afirmar que, dentro del imaginario colectivo, La Raulito (1975) es la película más icónica en cuanto al abordaje de la vida de una mujer lesbiana. La película de Lautaro Murúa retrata las vivencias infanto-juveniles de María Esther Duffau, la Raulito, una famosa hincha de Boca que fue interpretada con sensibilidad por Marilina Ross. Tal vez sea el modo de comportarse de este personaje -tan amoldado a la imagen que se tiene de un hincha de fútbol- el que hizo que La Raulito perdure en la memoria del público argentino. Al mismo tiempo, el film se ajusta a una concepción que buena parte de la sociedad tiene de la lesbiana como mujer “masculina”, con comportamientos asociados culturalmente a los varones. La película es al mismo tiempo un retrato de supervivencia, dentro de un contexto marcado por el signo de la carencia. Pero, a decir verdad, no resulta un abordaje concreto o más explícito sobre la cuestión sexual, tal como sí lo hacen films como Carol, por citar el puntapié de esta nota. En una entrevista que la escritora Marta Dillon le hizo a su intérprete en el Suplemento Soy de Página 12, Ross sostuvo: “su sexualidad no estuvo nunca desarrollada, ella quedó detenida en sus 13 años, en su hacerse mujer, allí se detuvo su sexualidad. Era como un niño de 12 o 13 hasta último momento, ella buscaba a su mamita, nunca una pareja, ella buscó a su madre y la encontró. Encontró un ser que hizo de su madre hasta último momento, una compañera del Moyano, se conocieron y se adoptaron mutuamente.”

Si en el cine (ya no sólo nacional) la figura homosexual que prevalece en cuanto a sexualidades no heterosexuales es la del varón homosexual (la más de las veces, llevado al extremo de la parodia y el estereotipo), la figura de la lesbiana osciló entre la conducta desafiante hacia el canon heteronormativo en el seno familiar y, sobre todo, el margen de la ley. En ese sentido, es necesario remarcar una considerable cantidad de películas que visibilizaron la condición lesbiana “celdas adentro”. Existe toda una filmografía argentina que transcurre en las cárceles. Podemos mencionar los ejemplos de Mujeres en sombra (Catrano Catrani, 1951), Deshonra (Daniel Tinayre, 1952), El octavo infierno (René Mugica, 1964), Intimidades de una cualquiera (Armando Bó, 1974), y Las procesadas (Enrique Carreras, 1975). También vale la pena recordar los casos de Atrapadas (Aníbal Di Salvo, 1984) y Correccional de mujeres (Emilio Vieyra, 1986). Las tres últimas películas se destacan por graficar lesbianas al borde del sadismo, cuya organización dentro del universo carcelario deambula entre la conducta embravecida, la jerarquización más atroz, la exposición de una sexualidad descarnada y el goce asociado a las conductas criminales. En el texto El amor de las muchachas (presente en “Otras historias de amor”, compilación de Adrián Melo), Natalia Taccetta y Fernando Martín Peña sostienen que “la conducta lesbiana se presenta invariablemente asociada a la delincuencia y las únicas diferencias las constituyen la realización más torpe y la representación más explícita”. Los autores consideran a Armando Bó como uno de los directores que mejor expusieron la identidad lesbiana, merced a su “demostrada capacidad para combinar desprejuicio, originalidad, alta dosis de melodrama y el peculiar imaginario erótico del porteño formado en el clima represivo de los años ’20 y ‘30”. Características visibles en Fuego, film de 1969 en donde el objeto del personaje de Isabel Sarli es su ama de llaves.

Ya fuera del ámbito carcelario, otras películas que incluyeron a lesbianas como personajes de relevancia también transcurrieron al margen de la ley. Mencionamos Funes, un gran amor (Raúl de la Torre, 1993), que tiene como epicentro dramático un cabaret/prostíbulo en donde las prostitutas interpretadas por Nacha Guevara y Andrea del Boca están vinculadas amorosamente; y Las guachas (Ricardo Roulet, 1993), en la que dos hermanas mantienen una relación incestuosa y seducen y asesinan a los poco afortunados que llegan a su casa de campo.

Como vemos, la lesbiana en el cine osciló dentro de una conducta marginal, corroída, carcelaria, y otra que podríamos señalar “feminista”. Hacia esta variable trabaja el texto Señoras o enanas, de Hugo Salas, publicado en mencionado “Otras historias de amor”. Para el autor, es interesante la figura de María Luisa Bemberg para pensar la cuestión lésbica, aún de modo tangencial. El periodista e investigador sostiene que se la ha señalado tanto como una feminista que desafió el orden simbólico dominante, como una oligarca que sostuvo en su cine ese mismo orden. Salas estudia las relaciones que entablan su filmografía con el feminismo y, en especial, el espesor político de sus películas. Y desde esa perspectiva observa el vínculo lésbico entre Sor Juana y la esposa del Virrey en Yo, la peor de todas (1990), si bien esta pasión es “espiritual, elevada, de consumación innecesaria”.

Incluso cuando aparece algún tipo de temática alejada del acto sexual o de la seducción, muchas veces las películas se concentran en ese punto, precisamente. Es el caso de las comedias Almejas y mejillones (Marcos Carnevale, 2000), en la que un joven se enamora de una lesbiana, y El favor (Pablo Sofovich, 2013), en el que dos mujeres lesbianas le proponen al hermano de una de ellas que insemine a la otra, y cumpla así con el deseo de la pareja de ser madres. En tono cómico, la premisa le sirve a Sofovich para reincidir en la figura sensual de Victoria Onetto, quien encarna a la que será inseminada. Y mientras que podríamos engrosar la lista de films que hacen de la condición lésbica casi un signo, una imagen de una única dimensión (agregamos Placer sangriento, película de 1967 dirigida por Emilio Vieyra; Juegos de verano, de 1963 y con dirección de Juan Antonio Serna), aparecen –ya más cerca de la actualidad- algunos films que muestran la homosexualidad femenina tan sólo como una parte de esa construcción tan compleja que es la personalidad. Vale la pena destacar el documental Lesbianas de Buenos Aires (Santiago García, 2000), conformado por reportajes a una ex activista que dedica actualmente su vida al fútbol femenino, una joven que milita para que ninguna tenga que sufrir lo que ella sufrió, y una madre lesbiana y Tan de repente (Diego Lerman, 2002), film inscripto dentro de lo que se denominó “Nuevo Cine Argentino”. La película de Lerman es una road movie protagonizada por una pareja de lesbianas que inician un viaje junto a una tímida vendedora. El traslado supone para Marcia una posibilidad para romper con la rutina en la que vive y ampliar su visión de mundo. En esa misma línea, otros films recientes (de muy disímiles características) abordaron el amor entre mujeres de forma pluridimensional. Vale la pena mencionar La ciénaga (2000) y La niña santa (2004), películas de Lucrecia Martel en donde, a tono con su singular y delicada poética, el deseo se insinúa, se susurra, se hace visible en elipsis y miradas. Más cerca de nuestros días, se destacan dos películas de Liliana Paolinelli: LLengua Materna (2010), sobre una madre que se da cuenta de que su hija de cuarenta años es lesbiana, y Amar es bendito (2013), en donde una pareja de lesbianas profundiza su crisis con la aparición de una tercera. Por último, en El Niño Pez (2009) la realizadora Lucía Puenzo ingresa al mundo amoroso de una chica rica y su mucama, y mixtura el intenso romance con elementos de clase y mitología local. Son películas que, a tono con la época de recientes reconocimientos de derechos a las comunidades no heterosexuales que transitamos, reflejan a la identidad sexual como un constructo complejo, pleno en sentidos y proclive a ser pensado sin bajadas de línea ni reduccionismos.

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