Leo Damario
26/10/2014 21:00

Boyhood (2014) no es la vida convertida en un experimento. Es el cine recuperando su génesis experimental para “esculpir en el paso del tiempo”. Son las grandes obras aquellas que sus formas son dadas a partir de su propia tesis. Todo relato cinematográfico, toda obra, no deja de ser una hipótesis sobre el mundo (o sobre como los autores miramos el mundo). Es la tesis de la película, la que esculpe la obra. El "film" justificando los medios, en lugar de los medios justificando al "film".

Boyhood

(2014)

¿De qué habla Boyhood? Del paso del tiempo. Manson es un niño de seis años que vemos crecer (literalmente) durante la última década. Hijo de jóvenes padres divorciados, y hermano menor de Samanta (Hamish Linklater, la verdadera hija de Richard Linklater), lo acompañamos a través de mudanzas, relaciones fallidas de su madre, diferentes colegios, el amor y el cambio cultural de la niñez a la adultez. También el cambio político (de Bush a Obama) y el inicio de una nueva era manipulada por la digitalización (la película transita el periodo -ya- histórico del 2002 al 2013). En síntesis, Boyhood narra cómo es crecer más allá del año 2000. Boyhood todo el tiempo intenta envasar el "paso del tiempo" y para eso el director decidió filmar una semana por año durante 12 años.

No es un dato menor el proceso de producción del film, pero tampoco es justo tratar a la película como “experimento” (o que ese sea su mayor mérito). Con esta forma de producción se ha llegado a una construcción de personajes de una tridimensionalidad inusitada. No sería muy descabellado hablar de Boyhood como la película que más conversa con el método actoral de Stalisnaski. Esta forma de representación descomunal y total entrega por parte del elenco y su autor se encuentra completamente justificada por el universo filosófico de la propia obra. No es casualidad que el joven Mason que vemos crecer (con más de 50 cortes de cabellos en todo el metraje) tenga por vocación dedicarse a la fotografía. Es el tiempo el que lo obliga a crecer constantemente (fotografiado o no) y son los momentos, la coyuntura, la que lo obliga y moldea a su antojo (dentro de la ficción, y porque no dentro de la propia vida del actor). De algún modo, una reflexión nietzscheana se aproxima al final, y la tesis explicada emerge: “Nosotros no somos quienes aprovechamos el momento, sino el momento es quien se aprovecha de nosotros”. El tiempo, la vida productiva, el cine. Desde ahí una producción épica (pero intimista) de doce años de rodaje que absorbe la vida, los momentos de estas personas que fueron “aprovechados” al máximo por la lente, el cine, la obra, el arte.

Boyhood por momentos es como estar leyendo una novela épica americana (sin dudas es la gran épica del Hollywood-off del siglo XXI), extensa, adictiva, que leés página tras página sin quitar los ojos de encima, pero a medida que se acerca el final no querés que termine y tratas de leer más despacio (algo imposible). Otra vez el tiempo como algo que escapa a nuestra voluntad.

Y dentro de ese universo sobre el que reflexiona Boyhood (el universo filosófico sobre el que todo el cine debería reflexionar), la película viaja por pasajes hermosos y memorables. Cómo la visión de Mason (niño) sobre su entorno, las promesas de los padres (Patricia Arquette y Ethan Hawke) ausentes que nunca cumplieron, la mirada desesperada y cándida de un padre/madre por resolver el mundo para el bien de sus hijos, las primeras trasnoches y los inside de la vida mundana (todas secuencias de una simpleza y belleza pictórica conmovedora).

Punto aparte es la banda sonora (la banda sonora de la última década) y cómo acompañan el lenguaje de Linklater. Desde el inicio, siempre acompañando la escena de un modo diegético. Lo más cautivante del film, es cómo Linklater convierte en cine situaciones mínimas. Cómo el lenguaje cinematográfico, con su economía de recursos muy bien empleada, convierte en historia una no historia. Le da épica y melodrama a la vida cotidiana. Escena a escena, cada periodo de la vida de Mason se convierte en un eslabón fundamental para narrar la historia de su vida, de la película y de nuestras vidas también. Y ahí es donde se encuentra lo más emocionante de Boyhood (y del cine en general): Conmover desde una imagen y con recursos de montaje (léase edición de sonido también). Generar una cápsula en el tiempo que desarrolle un mundo propio que está al alcance de todos.

El film hace honor, y dignifica, la curva evolutiva cinematográfica que abarca desde el primer tren filmado por los Lumiere a la bolsa de plástico danzante de Belleza Americana (American Beauty, 1999). Es El árbol de la vida (The Tree of Life, 2011) de Richard Linklater la Forrest Gump (1994) indie pero sin golpes bajos (Sí, siempre enmarcado en “cierta liviandad” de “feel good movie”, con el conflicto lejos de la simple percepción del espectador). Eso sí, el metraje es de dos horas cuarenta y cinco. Pero es muy poco para una película que dura toda una vida.

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