Sebastian Burecovics
22/05/2014 16:28

El 23 de mayo de 1974 dos maestros se juntaban en un mismo relato: Leopoldo Torre Nilsson estrenaba la película Boquitas pintadas, adaptación del libro homónimo de Manuel Puig, donde ambos participaron del guion junto a Beatríz Guido y Luis Pico Estrada. Dos emblemas, una intersección. Mientras el director transitaba el recorrido final, el escritor lo comenzaba. Mientras Manuel investigaba en sus letras y formas narrativas, Leopoldo ponía su sello, sus encuadres y audacia como marca. Un momento, una historia y un actor que supo aprovecharlo para ganar en presencia: Alfredo Alcón.

Boquitas pintadas

(1974)

En el pueblo de Coronel Vallejos cinco mujeres transitan su destino. Nené (Martha González), Mabel (Luisina Brando), Celia (Isabel Pisano), Rabadilla (Leonor Manso) y Elsa -la viuda- (Cipe Lincovsky) son ángeles en pleno infierno, criaturas adoradas que deben soportar las normas de una sociedad histérica, y falsa, en las que el amor y el matrimonio no concuerdan y el machismo rige en consecuencia. Apenas dos hombres dominan la situación. Juan Carlos Etchepare (Alfredo Alcón) el galán refinado e idolatrado, tan aprovechador como mujeriego; y Pancho (Raúl Lavié) con su porte masculino y salvaje. La tragedia del melodrama atraviesa la vida de cada uno, dejando restos que contaminan a los otros. Nadie sale indemne en esta lucha de poder, rencores y diferencias sociales que nutren los chimentos de cada pueblo. Tan sólo Nené intentará aprender del desencanto y construir el amor, pero el mismo cuerpo le pasará factura ante semejante esfuerzo.

Manuel Puig desbordó un libro (publicado en 1969) con descubrimientos narrativos. Casi no hay textos contados de forma tradicional. Cada capítulo nos trae una demostración, un aprendizaje. Los relatos se arman desde cartas, diálogos con pensamientos, agendas, recortes de revistas, informes policíacos o instantes que ocurren simultáneamente en diferentes sitios. Nada pierde fuerza, no hay baches, ni momentos insignificantes. El lector va armando la historia por retazos, de atrás hacia delante. El escritor le permite entender ciertas cosas sin verlas, sin tener una descripción gráfica del asunto (como suelen desarrollarse los chismes, donde uno se basa en los detalles, sin necesidad de tener la prueba concreta). El peso de los personajes decanta hacia la tragedia. Se siente la desesperación que cada uno vive, mientras debe mantener las apariencias. Refleja una sociedad en la que todos son víctimas y victimarios, especialmente las mujeres.

La película es una adaptación exacta (con los recortes y los límites lógicos) desde la cronología, hasta las formas literarias. La voz en off complementa los pensamientos que traspasan la escena, los diálogos están precisos, al igual que las ambientaciones y las formas de actuar. La edición ayuda a contar tanto las historias paralelas, como las escenas unidas por tiempo y no por lugar. Aunque esta especie de relato en espejo también produce la falta de profundidad en la historia. Se queda más en la relación entre Nené y Juan Carlos Etchepare, en la chica desilusionada por este mujeriego (al que ama como una condena), que en el reflejo de una época o la crítica social. Pero esto queda al margen cuando vemos el despliegue cinematográfico de Leopoldo Torre Nilsson. Utiliza con habilidad los primeros planos, el detalle, la profundidad de campo, la música incidental y la transgresión del sexo sin desprecio de los cuerpos. Lo que le valió el Premio Especial del Jurado y la Palma de Oro de los Escritores en el festival de San Sebastián (1974).

El rol de galán con que Alfredo Alcón se hizo conocer en el mundo del espectáculo, nunca le quitó méritos a su trabajo. Y Boquitas pintadas no es la excepción. Si bien tiene un personaje medido y clásico dentro del melodrama, la posibilidad de interpretar la tragedia, la enfermedad pulmonar y esa búsqueda de libertad sin compromisos, le permitieron exceder el encuadre. La rebeldía, la pasión por actuar, es el reflejo que imprimió en cámara y que lo acompañó a lo largo de su exitosa carrera.

40 años pasaron de aquel encuentro. Tres vidas que influenciaron el arte y la cultura de un país. Literatura, cine y actuación. Y detrás de ellos, profesionales y público que crecieron al observarlos. Porque lejos de la crisis de los 40, todavía se valoran las innovaciones que cada uno hizo en su campo.

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