Benjamín Harguindey
09/10/2012 13:51

El 9 de octubre se cumplen 60 años del estreno de Las aguas bajan turbias (1952), película dirigida y protagonizada por Hugo del Carril en lo que sería una de sus obras más memoradas e icónicas del cine argentino. Filmada en la jungla misionera, relata la historia de los mensúes explotados en los yerbatales del Paraná, donde “Allí levanta cada vez más resonante su cántico a la PAZ y el TRABAJO,” según el prólogo, pero “No siempre fue así”.

Las aguas bajan turbias

(1952)

Qué interesante que se lee esta introducción en paralelo a la que abre Prisioneros de la tierra (1939), otra fábula de denuncia social ambientada en los yerbatales del Paraná. La película de Mario Soffici reza que Misiones es “un camino de civilización y progreso, pero no siempre ha sido así”. Ambos films comparten el tema de la explotación del obrero y contienen imágenes tan similares que la segunda podría pasar por remake de la primera, de no tratarse de guionistas distintos y fuentes distintas (tres cuentos de Horacio Quiroga para la primera y la novela homónima de Alfredo Varela en la segunda).

Ambas películas suspiran aliviadas desde la actualidad, mirando un pasado cerrado. Pero hete aquí que Prisioneros de la tierra nunca muestra el cambio prometido al principio: la mano del héroe se cierra sobre un puñado de tierra luego de hacerse matar no por los trabajadores pero por la mujer que ama. El final es tan determinista, tan magro de esperanza que la película se levanta en seria contradicción con su premisa. La conclusión parece ser que no hay posibilidad de cambio, que la naturaleza es fatídica y nada hay que hacer contra el medio.

Entra Las aguas bajan turbias con una trama similar, del héroe forzado a trabajar río arriba para saldar una deuda que no merece ante los capangas que le explotan y deshumanizan. ¿Qué la hace distinta? Por los ríos bajan sangre y cadáveres, y el trato de los trabajadores es de una remarcada brutalidad, insistiendo en las escenas de violencia con más saña que su antecesora espiritual. Aquí no hay espacio para las ambigüedades sentimentales de Prisioneros de la tierra, en la que Francisco Petrone interpreta a un terrateniente conflictuado y carismático. Aquí el terrateniente es una caricatura del mal, su rostro flotando demoníaco sobre las aguas turbias de sangre, y su posición es irredimible.

Pese a esta remarcada crueldad, la película se yergue optimista. Los trabajadores hablan de sindicatos entre susurros, de tierras “al sur” donde florece la PAZ prometida al principio de la película, y hacia el clímax de la película estalla la rebelión que nunca llegó en Prisioneros de la tierra. Entonces Santos Peralta huye con su amada en balsa, remando descamisado en una de las imágenes más citadas en la historia del cine nacional. La película finaliza antes de que desembarque, si es que desembarca. La imagen final no llora ni festeja al ficticio Santos Peralta. Más bien, parece interpelar al espectador, preguntándole: ¿qué ahora?

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