Benjamín Harguindey
23/02/2012 13:47

Las películas de espías poseen una relevancia particular al cine, ya que a ellas les concierne la mirada por sobre todas las cosas. La palabra ‘espía’ radica en Spähen (“ver de lejos”). La lejanía hace al secreto de la mirada, remontándose a los días de los Lumière y su precario cinematógrafo, en los que capturaban las inquietas miradas de aquellos peatones que pasaban frente a la lente. Acaso la primera lección de los Lumière – sé como un espía. Míralos sin que te miren.

Intriga Internacional

(1959)
8.0

En el cine, tradicionalmente se trató de una mirada unilateral –quién ve y quién es visto– y estuvo anclada al suspenso del que Alfred Hitchcock es llamado maestro. Hitchcock exploró diversas formas de espionaje; su filmografía describe un formidable arco protagonizado tanto por agentes secretos (Agente Secreto, 1936) como por voyeurs (La ventana indiscreta, 1954; Psicosis, 1960), pero el espía por excelencia siempre fue la propia cámara –y por extensión su audiencia– ya que en suspenso siempre se muestra más de lo que los personajes pueden ver. Además, se admite a Hitchcock y su Intriga Internacional (North By Northwest, 1959) como el precursor espiritual de James Bond.

Antes que Hitchcock fue Fritz Lang en Alemania. Hizo Espías (Spione, 1928) pero se lo recuerda mejor como el director de la trilogía del Dr. Mabuse (Dr. Mabuse, der Spieler, 1922). Mabuse no es ni agente ni voyeur, es un criminal que basa su poderío en los “mil ojos” que le confieren ubicuidad sobre todo y todos. Se vale de agentes, proyectores, cámaras, grabaciones, espejismos y una intrincada red de corrupción, acaso infinita. Lang da menos cabida a la perversión de lo que Hitchcock, pero sus films prescriben el fetiche por la tecnología de punta que hoy día se asocia al género.

El canon del cine de espionaje se define durante la Guerra Fría, cuando ya no se combate por territorio, sino por información. La Cortina de Hierro no deja ver la otra mitad del mundo, con lo que la mirada (y prueba de ella) cobra un valor incalculable. En este contexto de paranoia emergente se forjan dos novelistas, ambos ingleses, ambos ex estrategas militares – el uno para la Inteligencia Naval, el otro para MI6.

El primero es Ian Fleming, el creador de James Bond. Sus novelas se tachan de ‘pulp’ – violentas, misóginas, exóticas. El cine no tarda en llevar a Bond a la pantalla grande, comenzando con El satánico Dr. No (Dr. No, 1962). Bond es el agente secreto más conocido (paradójicamente), el espía por antonomasia (otra paradoja: Bond no “ve de lejos”, sabe quiénes son sus enemigos y les aproxima de frente). Sus películas forman una larga cadena de iteraciones que recuerdan más al tramado de la aventura antes que al del contraespionaje. Su legado se extiende hasta el presente año 2012, con el film N° 23 a estrenarse en octubre (Operación Skyfall).

El segundo es John le Carré, el creador de George Smiley. La cobertura cinematográfica de Smiley es exigua (tres films, tres actores) y le Carré nunca logró permear la cultura popular como lo hizo Fleming. Representa el lado ‘realista’ del contraespionaje – parco, confuso, banal, desagradable. Los villanos de le Carré son oficinistas mezquinos, hombres de multitud escondidos en la misma. Muchas de sus historias tienen una base real, ya sea histórica o autobiográfica. Gary Oldman interpreta la nueva encarnación de Smiley en El topo (Tinker, Tailor, Soldier, Spy, 2011).

Es fácil imaginar el cine de espionaje bifurcándose a partir de este dueto estilístico. Por un lado, el romántico escapismo de James Bond, que legara su formato a incontables producciones cinematográficas y series televisivas (del tipo Mission Impossible y I Spy) con su mirada maniquea del mundo; en contraposición, la neurosis del mundo de Smiley se filtra en el subgénero conspirativo que Alan J. Pakula y Sydney Pollack ilustran en los ‘70s con Klute (1971), Los tres días del cóndor (1976) y Todos los hombres del presidente (1976).

Cabe destacar la política inherente a ambos ramales del espionaje. La familia de productores Broccoli guardan celosamente los derechos sobre James Bond. Originalmente un alegre dandy misógino, se han preocupado por forjar un neo-Bond acicalado al políticamente correcto, socialmente responsable, biológicamente preocupado siglo XXI que vio estrenarse Casino Royal (2006). Por su parte, producciones del tono de le Carré han tenido el buen gusto de reconocerse cine y dar un giro lúdico, preocupándose más por los juegos de poder, saberes y miradas que por el efectismo social de su contenido.

Este año ofrece un raro privilegio: el estreno de la más reciente película de Bond y la reinserción de Smiley en la industria cinematográfica. Dos héroes del espionaje, ambos polos opuestos, y una nueva oportunidad para poner el género en perspectiva.

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