Ezequiel Obregón
31/01/2012 18:14

Los inminentes estrenos de El Artista (The Artist) (The artist, 2011) y La invención de Hugo Cabret (Hugo, 2011) nos llevan a pensar cómo el cine de nuestros días reflexiona sobre formas artísticas no tan vigentes.

El Artista (The Artist)

(2011)

El cine es un arte joven. ¿Qué es un centenario y algunos lustros al lado de la historia de la pintura? No obstante, como forma artística que ostenta una constante superación tecnológica, no es raro advertir que el cine ha mirado hacia atrás en varias oportunidades. Lo ha hecho para homenajear, para citar, como ejercicio de estilo o como simple telón de fondo.

El fenomenal momento que vive el film francés El Artista (The Artist) es, por lo menos, particular. En principio, porque es una de las pocas veces en la que una película de habla no inglesa entra como favorita en la carrera de los Oscar. Y, además, se trata de un film mudo y en blanco y negro. Es decir, un ejercicio de estilo que habilita una mirada nostálgica sobre los tiempos de los pioneros del cine. Hollywood pocas veces se permitió este tipo de aproximaciones y, cuando lo hizo, se atrevió desde un espacio más lateral. Pensemos, por ejemplo, en la luna que canta e ilumina la noche de los dos amantes de Moulin Rouge (2001).

Volviendo a la película francesa, ésta cuenta la historia de un actor de cine mudo que percibe al sonoro como una presencia acechante. En la célebre El ocaso de una vida (Sunset Boulevard, 1950) esta sensación ominosa también es el centro de la perdición de la actriz Norma Desmond, interpretada por la genial Gloria Swanson, una actriz que, al igual que su personaje, fue una celebridad del cine mudo. El film de Billy Wilder deja entrever las nuevas modalidades de la industria, subyacentes al avance tecnológico. Hollywood fagocita las estrellas de antaño, deshaciéndose de su herencia, “reinventándose”. Una metáfora, a la vez, de la velocidad con la que el mercado educa a su público/consumidor para poder seguir existiendo.

Otros films no son tan radicales en cuanto a sus planteos, y muestran el trabajo sobre la herencia de manera más tangencial, como en el caso del film de Bill Condon Dioses y monstruos (Gods and monsters, 1998) en donde un decadente James Whale transita sus últimos días oscilando entre el deseo por su jardinero y el recuerdo de su pasado como director fundamental del cine clase B de Hollywood. No obstante, aquí también percibimos el cambio de paradigma de la industria cultural que, bajo la percepción de los que hicieron el pasado del cine, es excluyente.

Pareciera ser una constante que estas películas apelen a seres débiles o vulnerables para trazar un lazo con la herencia cinematográfica. Si no son ancianos, son niños; aquellos que pueden repensar el pasado de forma lúdica y –por lo tanto- librada de especulaciones y vicios mercantiles. Algo así propone la última película de Martin Scorsese: La invención de Hugo Cabret. En ella, un niño se involucra en una trama llena de misterio, en la que la figura del pionero del cine George Méliès (interpretado por el actor Ben Kingsley) resulta esencial.

En la película El maullido del gato (The Cat's Meow, 2001) el realizador Peter Bogdanovich lleva al terreno de la ficción un caso real, aquel que tuvo lugar en el yate del millonario William Randolph Hearst (fuente de inspiración para El ciudadano, de Orson Welles), cuando el productor Thomas Ince murió de forma misteriosa. Muchos recordarán este caso por estar citado en el libro de Kenneth Anger Hollywood Babilonia. El episodio transcurrió dentro de un ambiente de jolgorio y sexo, con la actriz Marion Davies como  el deseo prohibido de Charles Chaplin. Davies padeció el pasaje del cine mudo al sonoro, pero contó con las presiones hacia la industria que un peso pesado como Hearst podía ejercer a favor suyo. La timidez de esta actriz, al parecer, no terminaba de encajar con la modalidad sonora, puesto que a la hora de decir sus parlamentos no era extraño que sufriera de tartamudez.

En La sombra del vampiro (Shadow of the Vampire, 2000), el director Elias Merhige también cruza historia con fábulas, sólo que lo hace desprendiéndose de las especulaciones posibles. Porque aquí no se trata tan sólo de imaginar el móvil y desarrollo de un crimen, sino lisa y llanamente de conjeturar que Max Schreck (Willem Dafoe), el actor de Nosferatu (1922), fue un auténtico vampiro. La película nos introduce al corazón de un rodaje de cine mudo, además de contar con el desopilante punto de partida.

En la línea de los homenajes, en Ed Wood (1994) Tim Burton se instala en la vida de uno de sus creadores más admirados, responsable de títulos como Glen o Glenda (Glen or Glenda, 1953), La novia del monstruo (Bride of the monster, 1955) y Plan 9 del espacio exterior (Plan 9 from outer space, 1956). En una línea autoral, el cine más comercializado le abrió las puertas a realizadores que pudieron repensar el pasado del cine a partir de sus propios estilos. Incluso en casos en donde se funden procedimientos, personalidades, registros o géneros del patrimonio cinematográfico con las propias marcas autorales. Recordemos sino el episodio de El hombre menguante presente en el film de 2002 Hable con ella. Allí, Pedro Almodóvar mete a un diminuto hombre en la vagina de su mujer anhelada, en una película muda que difícilmente pudo ser vista allá en los comienzos del cine… 

Comentarios