Ezequiel Obregón
26/01/2012 15:24

EscribiendoCine entrevistó a cuatro figuras del cine chileno, para dar cuenta de un recambio generacional que ya cuenta con una relevante presencia en los festivales de cine y, poco a poco, estrenos en otros países. Los realizadores Diego Rougier, Sebastián Lelio, Gonzalo Justiniano, y el director artístico del SANFIC, Carlos Núñez, esbozan un panorama de la formación de los realizadores, los nuevos estilos, la distribución y el rol del Estado en el país vecino.

La vida de los peces

(2010)

Diversas son las variables para analizar el estado de una industria cultural. Más aún en el caso del cine, por su dimensión técnica y la cantidad de capitales intervinientes. Lo cierto es que la cinematografía chilena está gozando de un auge, ya sea en la recepción por parte del público local o la presencia en festivales y mercados internacionales.

En noviembre del año pasado tuvo lugar Ventana Sur, el consolidado evento que impulsa el INCAA en donde una delegación chilena dialogó con EscribiendoCine. Allí pudimos constatar que hay una renovación en el campo cinematográfico de Chile, visible en las temáticas y estilos de directores que en su mayoría rondan los cuarenta años. Algunos, en cambio, ya tienen más experiencia, como en el caso de Gonzalo Justiniano, formado en  la Universidad de París y en la Escuela de Cine Louis Lumière, en Francia. Justiniano vino a posicionar en el mercado a su última película, ¿Alguien ha visto a Lupita? (2011). Sobre su paso por Buenos Aires manifestó: “Yo he hecho varias películas y obviamente uno va armando una especie de red de contactos. Creo que esta idea de Ventana Sur es un excelente eslabón para que haya un encuentro entre agentes de venta y distribuidores que vean nuestros productos.” Luego agregó: "Me metí a hacer cine porque me gusta hacer cine, pero con el tiempo uno se va dando cuenta de que tiene que hacer otras cosas. La película que acabo de terminar la filmé en México, Chile y Estados Unidos. Me interesa mostrársela a gente que pueda interesarse en su distribución y potenciar lo que es su salida y comercialización.”

Pero, bien sabemos, muchas veces la calidad artística no está férreamente asociada a la potencialidad de su comercio. Lo notable es que el cine chileno, con recientes títulos como La sagrada familia (Sebastián Lelio, 2007), La vida de los peces (Matías Bize, 2010), Violeta se fue a los cielos (Andrés Wood, 2011) o El año del tigre (Sebastián Lelio, 2011), entre otros, confirma que esa unión puede dejar un saldo positivo en ambas partes. Hay películas que en varios casos vimos en festivales (tanto en el BAFICI como en Mar del Plata) y que, en algunos casos, llegaron a ser estrenadas en el circuito comercial.

El fundador y director artístico del SANFIC (el Festival Internacional de Cine de Santiago), Carlos Núñez, se refiere a las estéticas del reciente cine chileno: “Me parece que durante los últimos años se ha acentuado una mirada más personal y autoral en el cine chileno, por lo mismo, no podría hablar de una estética en general, sino más bien, de una estética particular. Las nuevas tecnologías, el mayor involucramiento de universidades y la proliferación de productoras independientes  han permitido un mayor desarrollo de producciones nacionales y ese, quizás, es un elemento en común o un criterio al que responderían estas estéticas emergentes, sin embargo, cada película tiene su sello e identidad particular. Existe una diversidad de temáticas relacionadas a lo político, sexualidad, pobreza, relaciones humanas, ruralidad, y a personajes, algo que habla de la amplitud de tópicos que el cine está tomando para desarrollar. Y en este sentido se aprecia la necesidad que existe de narrar-contar ciertas "realidades" o historias que de alguna forma retratan al país y a la sociedad contemporánea de forma global. En este contexto, en muchos casos se realizan con  recursos económicos acotados y en otros casos con mayores recursos monetarios. En el primer caso se podría pensar que por ser películas" de bajo presupuesto" tenderían a tener una cierta similitud desde el punto de vista estético, pero la verdad es que sucede lo contrario. Es así como podemos apreciar la prolijidad en el tratamiento de las imágenes en una película como Mapa para conversar (2011) de Constanza Fernández o la crudeza y los matices de los fotogramas en Ulises (2011) dirigida por Oscar Godoy, ambos films de reciente producción. En este marco, además veo que hay una mayor sinergia entre los géneros documental y ficción, es decir, se aprecia una cierta tendencia (mundial por lo demás)  a fusionar ambos lenguajes generando piezas híbridas. Esto se aprecia en los distintos elementos que componen las películas dada de cierta manera por los  modos de producción, fotografía, locaciones, vestuario, actores y no actores,  arte, etc.”

Esa misma diversidad y amplitud de miradas y registros que advierte Núñez, al parecer también es apreciada por los mismos realizadores, quienes en muchos casos han tenido la posibilidad de mostrar su material en el exterior. Tal es el caso de Sebastián Lelio, un joven director que exhibió su ópera prima La sagrada familia en el BAFICI, y El año del tigre en la Competencia Internacional del último Festival de Mar del Plata. Lelio tiene una mirada sociológica respecto del recambio generacional: “Hay claramente un momento de gran vitalidad. Hay mucha gente nueva, esta generación comenzó a asomar en el 2005, cuando aparecieron La sagrada familia o Machuca, mucho antes. Que mostraron algo distinto a lo que se venía haciendo. Es un proceso que están viviendo muchos países y tiene que ver con el avance de la tecnología digital y el abaratamiento de los costos y en Chile, particularmente, con veinte años de democracia. En el 2005 se cumplieron 25 años de democracia, que es el tiempo suficiente para que la sociedad haga una lectura de sí misma en el cine, que intente estar acorde a lo que está pasando. Por algo las formas de representación van caducando porque de alguna manera dejan de hablar. Y el cine como forma de expresión contemporánea obviamente tiende a querer estar a la par de lo que está pasando en Chile, en una sociedad que ha sufrido cambios vertiginosos de modernización y, por lo tanto, es muy coherente que emerja un nuevo cine.”

Recambios, nuevas estéticas, ¿nuevas formas de formación? El pasaje a nuevas modalidades expresivas ha dado como resultado una inmensa cantidad de alumnos de escuelas de cine. Claro que persisten otros modos de formarse en el medio, tal como lo expresa el realizador Diego Rougier: “Hay muchas escuelas y universidades, pero no toda la gente que se haya destacado pertenece a alguna en particular. Hay una gran producción de alumnos en distintas universidades, pero no se destaca una en especial. Los egresados son enormes, pero los destacados actuales vienen de otras áreas. Yo empecé mi carrera en Argentina hace muchos años, a comienzo de los ‘90 con Much Music, que dirigí los dos primeros años. Luego me fui a trabajar con músicos, con bandas como La Bersuit o Los Auténticos Decadentes. Dirigí Costumbres argentinas, luego me llamaron de Sony International y ahí me acerqué a cine. Trabajé en la adaptación de Tiempo final para afuera, hice The Nanny y Casados con hijos en Chile, que fue un éxito. Luego tuve un largo recorrido con cuatro cortometrajes en festivales de cine, y finalmente obtuve financiación para hacer una película grande”.

Sebastián Lelio considera que “hay muchas escuelas de cine, yo diría que hay un exceso. Generalmente el camino que se hace es ese: estudiar cine. Hay muy poca gente que finalmente termina haciendo un largometraje y que es autodidacta, algo que me parece válido y recomendable. Pero hoy en día, en esta incipiente industria si se pude decir así (y yo creo que ni siquiera alcanza para eso, se puede hacer ese trayecto. Estudiar y luego insertarse a machetazos en el mundo laboral. Pero digamos que las patas de la mesa para que exista cinematografía en un país, acá existen: los fondos públicos, la formación académica, la crítica, la distribución que es lo más difícil hoy, y los festivales de cine.”

Como vemos, ya sea la formación académica como la carrera televisiva sirven para insertarse en un medio en donde –no obstante- nada es sencillo. Porque al igual que en Argentina, muchas veces el pasaje del espacio formativo hacia la industria es complejo y arduo. Y más tarde entra en juego la distribución, no menos importante. Lo expone el director del SANFIC, al referirse sobre la presencia del Estado: “A nivel de fomento estatal la idea es que se puedan ir aumentando paulatinamente los recursos para la producción local, así como también tratar de mejorar y buscar buenas vías para la distribución y exhibición del cine nacional. Ya hay algunos intentos como el fomento a través de la sala comercial  BF Huérfanos, en donde se exhibe cine nacional de manera formal y garantizada. En la medida que se pueda ir mejorando la distribución, creo que las películas podrán permanecer más tiempo en cartelera y así acercarse más a las audiencias. Por otro lado, como lo decía antes, existe una diversidad temática y de producción que mantiene al cine chileno en buen pie y participando de los festivales más prestigiosos del mundo, por lo que el desafío está en tener una mejor llegada con el público local y para eso se está trabajando.”

Diego Rougier se explaya sobre el concurso de fondos audiovisuales vigente en Chile: “Se compite por determinada cantidad de monto y se arma un jurado con gente de afuera a veces. Este año me toca ser evaluador. Das un puntaje con tablas de mediciones, luego hay una instancia de evaluación grupal y luego en persona se defiende el proyecto. Sería ideal que existiera una especie de INCAA, pero no está reglamentado. Pero por el momento eso no existe, si bien la industria de cine ha crecido no tiene la envergadura que sí tiene Argentina. Es una voluntad política que debe haber para que eso suceda.”

Distribución y público parecen ser los déficits más evidentes del cine latinoamericano, en donde la pregunta por el público es esencial. Sin lugar a dudas, hay cineastas de renombre internacional, como los que hemos mencionado y Christián Jiménez (Bonsái, 2011), Pablo Larraín (Tony Manero, 2008) José Luis Torres Leiva (El cielo, la tierra, y la lluvia, 2008) Alejandro Fernández Almendras (Huacho, 2009), Sebastián Silva (La nana, 2009), Alicia Scherson (Turistas, 2009), Alberto Fuguet (Música campesina, 2011)  y varios más. Incluso en el 2011 hubo un  fenómeno: el último film de Andrés Wood, Violeta se fue a los cielos, llegó a los 400.000 espectadores, una enorme taquilla para Chile. Ahora bien, de igual forma que ocurre en nuestro país, la publicidad y llegada efectiva del cine de Hollywood es abismal.

Justiniano reflexiona sobre su carrera y emite un juicio de valor sobre los nuevos films chilenos: “He hecho nueve películas, algunas son más autorales. He estado en Sundance, Venecia, Berlín. He hecho otras más comerciales. A mí me gusta filmar. Tengo amigos que me intentan catalogar como un director más intimista, autoral, con cierto reflejo social. Pero a mí me gusta bailar salsa y escuchar ópera. Yo creo que ha crecido la cantidad de películas en Chile, pero hay que tener cuidado. Se están haciendo películas que solamente tienen salida en festivales. Es importante que nuestro cine aporte productos que lleguen a la gente, y hacerle saber a la gente de festivales importantes que elijan un tipo de cine latinoamericano que tenga la capacidad de emocionar a un público europeo.”

Dentro de esta línea de análisis, Núñez es menos crítico: Violeta se fue a los cielos logró muy buenas críticas por los especialistas y una buena cercanía con las audiencias. Por otro lado, existe un cine más personal, con propuestas estéticas experimentales que conectan muy bien con festivales internacionales de cine dando una fuerte presencia al cine local en plataformas importantes como Cannes, Venecia, Berlín, Sundance entre otros, algo que no había pasado diez años atrás. Lo que habla de la ‘la buena salud’ con la que goza el cine chileno del último tiempo.”

Por último, Diego Rougier, que este año estrenará la coproducción con Argentina Sal (2011), percibe una dialéctica entre lo anterior y lo nuevo, entre el mercado televisivo y el cine: “Se han permitido abrir otras temáticas, el cine chileno de décadas anteriores era más bien de corte político. Ha habido una profesionalización de los técnicos y la gente y la apertura hacia otras temáticas. Hoy hay una variación temática en las propuestas y se ha incorporado mucha gente que se ha formado en muchos ámbitos como la televisión. Acaba de hacerse Prófugos. Chile tiene una larga tradición en documentales, se presentan a concurso más documentales que ficción.”

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