Alberto Varet Pascual
14/12/2011 21:29

Desde hace algunos años (quizás desde la inclusión de Honor de Cavallería (Albert Serra, 2006) como lo mejor de 2007 para Cahiers du Cinema) se ha hecho palpable en el seno del cine español una interesante dicotomía. Por un lado, y situado en Madrid, tenemos el grueso de una industria empeñada en repetir fórmulas y que tiene por objetivo máximo hacer llegar espectadores a las salas. Por otro, y desde Barcelona, han surgido importantes figuras como el cineasta Isaki Lacuesta (Los condenados, 2009) o el productor Luis Miñarro (El cant dels ocells, 2008), personalidades mucho más respetadas en los festivales de cine que en las carteleras.

Honor de Cavallería

(2006)
8.0

Desde entonces, podemos hablar de dos panoramas, dos ‘Españas’, que enfrentan al público más acomodaticio con el más exigente; al que prefiere el cine de género de Alejandro Amenábar (Los otros, 2001) al de autor de Marc Recha (Pau y su hermano, 2001) e incluso, a la crítica más conservadora con la más atrevida.

La pregunta es, pues, ¿dónde está actualmente el cine español? ¿Podemos hablar de un cierto canon desde la consolidación de autores como Javier Rebollo (La mujer sin piano, 2009) que hace tan solo unos años eran promesas? Si echamos un vistazo a lo que nos deja el 2011, la respuesta parece ser sí.

Nada bueno auguraba un comienzo de curso en el que ni una sola película parecía destacar ni en la cartelera ni en las parrillas de la crítica especializada. Sin embargo, la llegada de Torrente 4: Crisis Letal (Santiago Segura) propició la entrada masiva a las salas de un público dispuesto a reírse y a olvidarse de la crisis con una de las pocas (si no la única) de las obras españolas que se han atrevido a abordar este espinoso asunto. Un dato que no es baladí dentro de una industria que parece no adolecer de los mismos problemas que el resto del pueblo. Quizás la cercanía de Segura para con éste y la inclusión de personajes de la farándula y el espectáculo (en muchas ocasiones, esperpento) español haya animado al tímido espectador, lo que no garantiza que las intenciones del director tengan que ver con la compasión más que con el dinero.

La película del policía más casposo abría el año y, significativamente, otra comedieta lo va a cerrar. Fuga de cerebros 2 (Carlos Therón) también parece tener sus espectadores potenciales aunque si en el caso de la película de Segura podemos hablar de un humor cutre-ibérico, en este otro nos topamos con un despropósito que engarza con la comedia adolescente americana (evidentemente más cercana a American Pie (Paul Weitz, 1999) que a joyas como Super Cool (Greg Mottola, 2007). Y es que es curioso comprobar como desde el interior del propio cine nacional se critica duramente el producto yanqui para, más tarde, copiar sus peores tics.

Perteneciente al mismo género pero de naturaleza más sutil se presentaba No controles, segundo trabajo de Borja Cobeaga tras Pagafantas (2009), un título que contó con el beneplácito del público y parte de la crítica. En esta ocasión y ante la obvia pérdida de frescura, el cineasta se aferra al carisma del actor Julián López (Que se mueran los feos, 2010), de gran fama entre los espectadores más jóvenes gracias a fórmulas televisivas tan ricas y sugerentes como La hora chanante y Muchachada Nui. Es una pena que nada de la capacidad de reformulación del humor ibérico que habita estos programas llegue a la gran pantalla. De hecho, el susodicho intérprete también ha tenido otro papel en No lo llames amor… llámalo X (Oriol Capel, 2011), un subproducto rancio que sólo tiene como aliciente el físico de una Kira Miró (Rivales, 2008) que parece empeñada en tomar el testigo de María José Cantudo (La trastienda, 1975) y compañía.

Está claro que al cine patrio le cuesta salir de algunos clichés. Por si fuera poco, últimamente, y gracias en gran parte a los éxitos televisivos, están naciendo otros. Hablamos de las películas hechas para las estrellas de los adolescentes. Unos filmes destinados a hacer caja a costa de la libido de los quinceañeros. Habrá que preguntarse por qué cintas como Carne de neón (Paco Cabezas) o Lo contrario al amor (Vicente Villanueva Valencia) logran financiación. No se explica que un cine subvencionado no sea de autor ni arriesgado. No se entiende que busque la taquilla insistentemente.

Y es que, cualquiera que haya mantenido un mínimo contacto con la industria sabrá que en muchas ocasiones lo que pide la productora son nombres. Aunque parezca un sinsentido, en España un autor debe pagar un determinado peaje. Éste parece ser el caso de Eduardo Chapero-Jackson quien, tras ganar multitud de premios con su corto Alumbramiento (2007), se ve obligado a contar en su elenco con Miguel Ángel Silvestre, héroe de jovencitas (y no tan jóvenes) tras su paso por la serie Sin tetas no hay paraíso. El resultado final es algo decepcionante aunque la culpa no es, desde luego, de un actor que sí parece dispuesto a ser algo más que unas fotos en una carpeta de instituto.

El cine de género también tuvo otro título a destacar, más por quien lo firmó que por su calidad. Se trata de La leyenda de Butch Cassidy de Mateo Gil (Nadie conoce a nadie, 1999). El coguionista y amigo íntimo de Amenábar volvía, tras casi una década, a ponerse detrás de la cámara para filmar un largo. Su divagaciones sobre Butch Cassidy, el personaje interpretado por Paul Newman (Camino a la perdición, 2002) en Butch Cassidy and the Sundance Kid (1969), no serán recordadas con el tiempo.

De género también pero mucho más atinada parece la propuesta de Enrique Urbizu (La Caja 507, 2002) en su thriller No habrá paz para los malvados, una película que pone de relieve que un buen cine comercial español es posible. Que detrás de cada propuesta puede (y debe) haber un autor. Algo que nadie sería capaz, ni siquiera, de intuir en el que sin duda es el gran batacazo del año: El Capitán Trueno y el Santo Grial (Antonio Hernández). El cómic creado en 1956 por Víctor Mora Pujadas y Miguel Ambrosio Zaragoza no es merecedor de una versión capaz de provocar la risa involuntaria en bastantes pasajes. La producción fue tan desastrosa que hasta sus actores se quejaron por la mala organización en la promoción y por determinados impagos.

Pero mucho mejor adentrarnos en los triunfos del cine español que en sus fracasos. Tanto el público como parte de la crítica le han dado su favor a También la lluvia (Icíar Bollaín) y Mientras duermes (Jaume Balagueró). La primera viene a confirmar la comunión entre la directora de Te doy mis ojos (2003) y el espectador medio, y la segunda, la habilidad de Balagueró para crear atmósferas de terror que llenen las salas.

Más interesantes por arriesgados aunque, quizás, también, sobrevalorados, se presentan los últimos trabajos de Pedro Almodóvar (Volver, 2006), José Luis Guerín (En Construcción, 2001) o Isaki Lacuesta (La noche que no acaba, 2010). El primero parece siempre contar con el aplauso de sus fieles aunque algunos se hayan mostrado escépticos ante La piel que habito, una obra calificada por muchos como la más arriesgada del manchego. Semejante opinión parece discutible, sobre todo si nos atenemos a las diversas auto-concesiones que se dan cita durante el metraje. Guerín, por su parte, recorre con Guest varios festivales para captar la emoción de la cinefilia en estos grandes acontecimientos y también el negocio en el que se han convertido. Le sobra quizás algo de didactismo. Por último, el nuevo trabajo de Lacuesta, Los pasos dobles, conquistó una polémica Concha de Oro en el pasado Festival de San Sebastián. Un premio controvertido y acaso exagerado pero que reconoce la aventura que supone filmar (el rodaje tuvo lugar en África en condiciones bastante extremas).

Algunos títulos se quedan en el tintero pero tan solo vendrían a reforzar las vertientes explicadas. Así pues, por un lado existe un cine que busca ser comercial sin importarle la calidad, que en ocasiones encuentra un título o dos respetables en todo el año pero que, por lo general, se recrea en los peores tópicos de unos géneros en los que parece anclado (la comedieta, el drama en la época del franquismo…). Por otro, y bastante más conectado con la sensibilidad contemporánea, hallamos una serie de productos mucho más arriesgados. Son los que triunfan en los festivales y en las revistas de crítica especializada aunque su público es menor (que no residual). Son obras más relacionadas con el cine de Hou Hsiao-Hsien (Three Times, 2005) o Gus Van Sant (Paranoid Park, 2007) que con el panorama cinematográfico español.

Tamaña dicotomía sólo puede generar una tensión y un debate que, desde luego, debe ser provechoso. Esperemos, pues, a 2012 donde lo nuevo de Alex de la Iglesia (La chispa de la vida, 2012), Gerardo Herrero (Silencio en la nieve, 2012) o Rodrigo Cortés (Luces rojas, 2012) compartirá cartel con lo último de autores tan insólitos como Javier Rebollo (El muerto y ser feliz, 2012). Y que siga la reflexión.

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