Hernán Panessi
04/02/2010 18:34

El mundo del cine es, sin exagerar, uno de los que más ha tenido roces y experiencias con las drogas. Depresores, estimulantes, alucinógenos, psicolépticos... todos han pergreñado una carrera razonable en el show business internacional. Este texto pretende repasar la relación recíproca entre el cine y las drogas en un breve análisis generacional.

ATENCIÓN, dos advertencias:

Lo que leerán a continuación puede herir susceptibilidades. El informe contiene lenguaje adulto y tópicos controversiales. Quedan avisados.

El presente texto toma como punto de partida al film El Viaje (The Trip, 1967), dirigido por Roger Corman, ya que el objetivo del escrito es pintar un panorama de época mínimamente contemporáneo y no pretender hacer un recorrido histórico enciclopédico.

Leit Motiv ¿Por qué las drogas?

Según la Real Academia Española, “droga” es: Toda Sustancia o preparado medicamentoso de efecto estimulante, deprimente, narcótico o alucinógeno.

Las drogas son un objetivo, un objeto y un culto. Son certeros productos cinematográficos, ya que otorgan matices a los personajes, desencadenan tramas y son utilizados por la industria del cine como elemento atractivo a la hora de vender historia. Lo oscuro y tabú siempre llama la atención. Lo que se dice marketing.

La droga como mal de la sociedad

“Las drogas destruyen tu memoria y tu propio respeto. No son buenas, pero no pienso ir ahora predicando contra ellas”, pronunciaba un curtido Kurt Cobain (vocalista del grupo grunge Nirvana) haciendo alusión al mal que constituyen las drogas sin renegar de su “faceta positiva”.

En muchas oportunidades, las drogas (los drogueros, drogadores, drogadependientes y drogadictos) fueron plasmados de forma negativa. Visto como motor que conduce hacia la perdición de quien ose de usarlas y utilizadas como un mal a erradicar de la faz de la Tierra. De esta forma, películas como Contacto en Francia (The French Connection, 1971), Traffic (2000) o Jackie Brown (1997), del popular Quentin Tarantino, tienen una doble lectura: entretienen, pero a la vez muestra el dark side y educan el quehacer.

El viaje hacia la experimentación en carne

A finales de los ’60, en pleno auge del summer of love, el proclive lisérgico Roger Corman congenió una de las más extrañas obras del séptimo arte, hablamos de El Viaje (The Trip, 1967), donde el LSD (dietilamida de ácido lisérgico) proponía un éxodo cosmonauta hacia el más allá.

Una superposición de imágenes oníricas hicieron las veces de turba horrorosa a una sociedad que todavía no estaba preparada para el explotation masivo en cines de una “cultura oculta” para las familias del mundo.

El elenco estaba conformado por algunas estrellas de la época como Peter Fonda, Susan Strasberg, Bruce Dern, Dick Miller y Dennis Hooper, lo que hacía más controversial aún la temática psicodélica del prolífico genio del bajo presupuesto.

Hoy, The Trip es reconocida como una de las representaciones más realistas del consumo de drogas, intencionada casi-casi como manual didáctico.

Cumple un rol similar para el momento Psych-Out (1968), dirigida por Richard Rush, donde Dean Stockwell, el mismísimo Jack Nicholson, Susan Strasberg (¡otra vez!) y una serie de actores del palo vivían experiencias psicodélicas en el insólito clima de finales de los sesenta.

Conflictos bélicos, el mal del mundo y las respuestas vanguardistas

La música tiene un papel preponderante en el imaginario drogón. Tommy (1975) es el climax del cine psicodélico. Opera rock de los británicos The Who en la que Roger Daltrey (un naif sordomudo) es llevado en un viaje mental hacia las más profundos escarmientos del ácido para convertirse en rey.

Simultáneamente, un excéntrico tipo de Nueva York veía el acontecer con otros ojos, y en su intento por compartir su cosmogonía creó una trilogía perturbadora: Flesh (1968), Trash (1970) y Heat (1971). Allí Andy Warhol, genio de la estética pop, mostraba un sub-mundo de marginales, travestis y prostitutas como el “te cabió” a la vieja guardia.

Los 80s como destape

Luego de conflictos individualistas y multitudinarios, el corolario al obsecuente conservador fue la expresión totalitaria de libertad como estilo de vida. Así, la música, el cine y el arte en general vivieron un destape que terminó por solucionar los conflictos de una sociedad mundial ofuscada (América y Europa, sobre todo).

Desde España, el post-franquismo hacía de las suyas con un cineasta de trayectoria clandestina: un ignoto Pedro Almodóvar Caballero daba luz a una germinal Pepi, Luci Bom y otras chicas del montón (1980) y a la hedonista Entre Tinieblas (1983), que serían el hazmerreír del pueblo contracultural para con la patria vigilante. La justicia de la libertad expresión permitió que hombres y mujeres se droguen a gusto y piacere. Sí, en ficción y realidad.

En el año 1980, Arrebato, film bisagra del recientemente fallecido Iván Zulueta, un cineasta clase B se ponía como un caballo en el medio del existencialismo y su adicción al Super 8. Interesante jugueteo del cine dentro del cine.

Lo curioso es que no sólo las sociedades más desestructuradas hacían eco del consumo. Hollywood, termómetro de la industria, otorgaba desde el mainstream una película emblemática como Scarface (1983), donde un sacado narcotraficante sentía que el mundo era suyo, espantando a espectadores blanditos y a las castas de retrógrados. En la actualidad, según encuestas de cualquier naturaleza, la historia de Tony Montana, dirigida por Brian De Palma, es considerada como una de las mejores películas de la historia. Y no es para menos.

La calle y los 90s

En el ejemplo de más genial biopic tenemos el retrato del desvarío. The Doors (1991) es una película que retrata al desquiciado Jim Morrison como icono sexual al borde de la locura. Su experiencia con las drogas curtió a los espectadores adolescentes de la usanza mortal sin moralinas. Mensaje directo y callejero por parte del entendido Oliver Stone.

En otra faceta, desde la irónica (y necesaria) visión de la cocaína, Tiempos Violentos (Pulp Fiction, 1994) retrata lo mejor de las vivencias en una interpretación gagá de la sensualidad drogadicta. ¡Quentin haciendo de las suyas!

En Argentina son varios los ejemplos de suburbios tentadores. Es menester hacer mención a Martín Hache (1997), de Adolfo Aristarain, en el que la bohemia arrastra lúgubres y encantos poéticos. Además, por esa época andaba Buenos Aires Me Mata (1998) que adaptaba el libro de Laura Ramos como reflejo de la movida cultural noventera y argenta.

Asimismo, en los Estados Unidos, Kids (1997) y la mayoría de las películas de Larry Clark funcionaban como registrador adolescente. Drogas, pinchazos, skates, dilemas, SIDA y el cemento como aliado del mal augurio.

Generación X: cohorte generacional pre-Y2K

Who needs reasons when you’ve got heroin? Se preguntaban los yonquis violentos de Trainspotting, sin límites (Trainspotting, 1996) en una apropiación de filosofía existencialista que consistía en darse argumentaciones para constatar su propia vida. De esta forma fue como el sello del joven underground del momento encontraba vocación en la nada, en la droga, en la muerte. Un crudo retrato de la periferia que encontró el reconocimiento de los críticos paquetes y la “gran academia”.

Pocos años más tarde, la cinematografía mundial conoce una obra fabulosa que tiene a dos de los mejores actores contemporáneos como protagonistas: Johnny Depp y Benicio del Toro en Pánico y locura en Las Vegas (Fear and Loathing in Las Vegas, 1998). El periodismo gonzo de Hunter S. Thompson bajo la estricta y lúdica mirada del director de Brasil (Brazil, 1985), Terry Gilliam. O cómo lo decante (/ experimental / efusivo / downtempo / high speed) puede resultar completamente divertido.

En el fin de milenio, el cine tuvo la suerte de encontrar una historia tristísima. La paradoja ocurre en la medida que una narrativa cambia la perspectiva de la generación degenerada en la más autodestructiva aventura del díscolo Darren Aronofsky, Réquiem para un sueño (Réquiem for a dream, 2000), en la que unos bellos jóvenes sin nada que perder experimentan la depresión post-lo-que-sea, llevando consigo la palabra “consecuencia” como bandera.

La droga en estos tiempos...

Hoy por hoy la droga se ha complementado, en un anclaje menos subversivo, con la sociedad adulta. Desde la parcial aceptación hacia el sentimiento más revulsivo, las drogas conviven con los jóvenes y adultos con otra naturalidad. Películas como Spun (2002) o A los trece (Thirteen, 2003) reflejan el hastío y nihilismo adolescente en busca de soluciones irreales a problemáticas fácticas. Un reflejo de que las drogas están a la vuelta de la esquina sin endiosamientos ni muertes epopéyicas.

Desde de la carburación histórica y el adoctrinamiento que el cine, en cierta parte, entrega, las drogas están ahí, en casi cualquier producción que se digne de ser vista (sobre todo en policiales, thrillers, dramas psicológicos, neuróticos, psicóticos y obsesivos). Involuntariamente (o no) el tema “droga” es un carácter pertinente al vulgo y cada vez menos a la contracultura.

La derivación en (frecuente) muerte natural

No es casualidad. En una muestra de vínculo de fuego, una parva de años después de aquellos primeros experimentos lúdicos, la muerte de la belleza carilinda Brittany Murphy es asociada inmediatamente con el abuso de drogas. El elixir sin status social se ha llevado gran cantidad de artistas del séptimo arte (ignotos y héroes, protagonistas y cachivaches) por lo que es al menos curioso el matrimonio que han establecido a lo largo del tiempo.

La droga no es necesariamente muerte. Tampoco es necesariamente libertad. Sin moralinas ni política panfletarias, aparece la –siempre presente y autoresponsable- sentencia de: “cada cual hace de su culo un pito”, ¿o no?

Comentarios