Noticine
11/01/2010 15:01

Si alguien busca una definición justa para Sherlock Holmes, la nueva película del director Guy Ritchie, con Robert Downey Jr. y Jude Law que se estrena en varios países latinoamericanos y en Argentina este jueves 14, habría que apelar a cualquiera de estos términos: divertida, novedosa, agresiva, inteligente, reflexiva, irreverente, deliciosa y sobre todo, un reto para ese espectador que se sienta en la oscuridad en busca de un personaje que ha sido interpretado por algunos de los más grandes actores de todos los tiempos (encabezados por Basil Rathbone, Michael Caine, Charlton Heston, Christopher Plumer, Peter Cushing, John Barrymore, Christopher Lee entre otros), en manos de grandes directores y se topa, al principio desubicado, luego sorprendido y más tarde deliciosamente maravillado con unos personajes, una atmósfera, unos misterios, un ambiente y una ciudad que no tienen antecedentes. Como si fueran borrón y cuenta nueva.

Sherlock Holmes

(2009)

Dicen que Sherlock Holmes, con esa inteligencia anormal y esa capacidad de raciocinio y reacción para entender lo que nadie más entiende y resolver los misterios que siguen siéndolo para los demás y ese humor negro capaz de restarle importancia y dramatismo a las peores situaciones de peligro, creado por Arthur Conan Doyle, un escritor que guardaba más secretos que el mismo personaje y sus numerosos enemigos y su fiel amigo Watson, dicen, es el personaje de ficción más popular de todos los tiempos, con más de 200 películas y millones de admiradores encabezados por Umberto Eco, Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Casares e innumerables reediciones de esos libros que, esperamos, aumenten sus tirajes con esta película repetible.

Borrón y cuenta nueva porque la fuente principal de esta película viene de una tira cómica, creada por el dibujante y autor Lionel Wigram quien decidió que era hora de devolverle al personaje la esencia original que tantas adaptaciones han desdibujado.

Por eso, este es un Holmes contemporáneo aunque los escenarios tienen que encontrarse en una Londres victoriana en plena reconstrucción y revolución industrial (avanzan los trabajos del puente sobre el Támesis, muchos edificios están cubiertos por mamparas, escaleras y albañiles, los inmigrantes son menos ostensibles), y se refieren a dos siglos atrás en medio de la moralidad más conservadora y una represión policial contra los drogadictos, las prostitutas, los hampones y las sectas oscuras que matan en largos y sangrientos rituales, mientras la magia, los misterios, las prácticas demoníacas y las creencias esotéricas hacen de las suyas.

Un Holmes desenfadado que se apoya en la lealtad de Watson, que no pronuncia las frases de siempre, viste como una estrella de rock, camina y habla y come y sufre y duerme y sueña y salta como un atleta, pelea con bastón y espada, participa de sangrientos combates de boxeo, detesta a los médicos, se siente más joven y vivo que sus enemigos, que desafía la torpeza de los policías y camina entre andamios, ladrillos, oscuros callejones, elegantes salones, buhardillas pestilentes, alcantarillas asfixiantes y hurga en el corazón y la memoria de las mujeres para hacerlas sufrir o sea, nada que ver con la iconografía tradicional de un Holmes con capa a cuadros y elegantes trajes y una dicción impecable. Borrón y cuenta nueva. Más acción que reflexión. Más humor negro que ciencia. Más irreverencia que investigación.

Seguramente los seguidores y fanáticos de Holmes, Watson, Conan Doyle y esa Londres llena de vagabundos que cortan gargantas de señoras ricas, gozarán con esta nueva experiencia que actualiza una historia que comenzó en 1886, se extendió a través de publicaciones en revistas, 4 novelas y 46 cuentos que luego se convirtieron en series de radio y televisión, piezas de teatro y e innumerables películas (hay que agregar en los últimos treinta años, la serie de la BBC con Tom Baker; el animado australiano con la voz de Peter 0´Toole, los dibujos animados de japoneses e italianos y, según los expertos, el mejor homenaje actual a través del protagonista y los incidentes de la serie "House" que tiene claras referencias a la historias de Conan Doyle). Como remate de esta vigencia del personaje, la nueva serie de la BBC en un Londres actual.

Algo es evidente. Si los espectadores se divierten con este Holmes que no teme ni respeta nada, hay que imaginarse el clima de bromas, humor negro, diversión y química sicológica, además de desenfado y agresividad que debieron vivir durante el rodaje de la película, sobre todo en esas escenas memorables que deben ser recordadas como ejemplo de producción: las peleas en el astillero mientras un fornido estibador derriba, uno a uno, los pilares que sostienen un barco en construcción y Holmes queda atrapado mientras la nave liberada de sus amarres, vuela hacia el agua, pasando sobre el cuerpo tendido del investigador. O las escenas en un matadero, donde la muchacha Irene Adler, un viejo amor que reaparece para tormento de todos (Rachel McAdams), amarrada, se enfrenta a una cuchilla que amenaza con destazarla junto a su amado, con el trasfondo de cerdos abiertos limpiamente. O las escenas en el puente de Londres en construcción con el paisaje de un Támesis oscuro y amenazante. O las explosiones que acaban con numerosos edificios mientras los personajes vuelan entre los escombros. O la cacería por las catacumbas y prisiones antiguas de Londres en medio de asesinos y ratas. Los realizadores y actores debieron divertirse tanto o más que los espectadores.

Seguramente los espectadores más jóvenes, cercanos al lenguaje de video clip de Ritchie, encontrarán mayores motivos de gozo con esta película pero el público en general sabrá apreciar la eficacia de la realización, el ritmo vertiginoso, el quiebre en la narración (los saltos y retrocesos en el tiempo para explicar algunas escenas y situaciones; los análisis anticipados de Holmes antes de golpear a un enemigo, calculando los daños que causará en sus huesos y órganos internos, y la repetición de la escena, como en un capítulo de CSI), la laxitud con que Holmes y Watson resuelven sus casos, la sexualidad de las mujeres, la maldad perversa y destructora de los enemigos (especialmente ese Lord Blackwood, interpretado por Mark Stroong, que sobrevive a la horca y encabeza un grupo de lunáticos obsesionados con la sangre), el ambiente de esa Londres asustada con todos los cadáveres que aparecen y desaparecen, los policías torpes, los inspectores sin imaginación y sobre todo, esa necesidad de reírse que nunca para.

Borrón y cuenta nueva. Recordemos que el director es el mismo de Snatch, el mismo de Lock, Stock & Two Smoking Barrels, el mismo de Rock´nrolla.

Recordemos la definición que uno de los productores, Joel Silver, hizo de esta película: "Es una aventura de James Bond, pero en 1891".

Holmes sin la gabardina a cuadros ni el sombrero bombín (dicen que el que usa aquí es un homenaje a su personaje de Chaplin), sin consumir drogas, con una pipa que poco enciende, sin decir "Elemental, mi querido Watson", con una levísima alusión homosexual, y un Watson que muchas veces es más observador y testigo que partícipe de la acción.

Un hermoso y contagioso video clip de dos horas que se hacen cortas. Todos estamos felices, muy felices: los inquilinos de la casa situada en el número 221 B de la calle Baker, incluido el perro, están de vuelta. Y una mala noticia: se habla de una nueva película sobre estos personajes, con Sacha Baron Cohen como Holmes y Will Ferrell como Watson.

Y una recomendación: frenar la impaciencia por salir a la calle y disfrutar de los créditos finales que son divertidos, muy divertidos.

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