Hernán Panessi
29/05/2009 02:00

Según el termómetro social (¿y cultural?) que son los medios de comunicación, se vislumbra, hoy por hoy, la especial atención hacia todo lo que -en apariencia- es diferente (o de lo que la faldera Doña Marta siempre reniega); así emerge la figura del travesti, el transformismo, las drag queens y la transexualidad (¿la era del travaxplotation?) como símbolo de liberación posmo. Y el cine, tal filtro fílmico, retoma ese emblema trabajándolo –chistosos: abstenerse- desde distintas ópticas. Acá corre desde lo refrescantemente “light” de un trío atípico, cuanto no menos pecaminoso, de films como el español Las Edades de Lulú al peligro que representa un drag queen, con venia parental advisory, para el conservadurismo mundial. ¡Agente, agente!

Fetichisimo travesti o castración según Freud

En Las Edades de Lulú (1990), drama erótico dirigido por Bigas Luna, Lulú alimenta los deseos de medio mundo, hasta que cae en la desambiguación de coquetear con un travesti, en lo que sería una de las historias e histerias más extrañas de la cinematografía toda. El juego amoroso de la protagonista abate en conjunto con un chongo (Javier Bardem, ¿cuándo no?) en el que la pulsión sexual está más confundida que De la Rúa en púlpito. La experiencia, en sí, es un fetichismo puro y duro en el que no se responde a la noción de “así lo hizo Dios y así será” sino que se estimulan connotaciones psicológicamente prohibidas o adversas. Crossdresser, casi, casi, como trasgresión.

¿Cómo un ser repugnante se vuelve icono cool?

El arquero tira la flecha pero no sabe con exactitud para donde disparará. Es probable que eso haya pensado el director, siempre ambiguo, John Waters, al crear un personaje tan asquerosamente entrañable como lo fue Divine. Así, tal afición enciclopedista, la Trash Trilogy –Pink Flamingos (1972), Female Trouble (1974) y Desperate Living (1977)- representa la consulta obligada de todo aquel que se precie de cinéfilo en subcultura. Divine, o Harris Glenn Milsteadsegún reza su DNI, es el fiel reflejo de la intoxicación rupturista y de cómo un actor de medio pelo, devenido en drag queen salada, puede generar amplio éxito y reconocimiento en la comunidad “cine & música”.

El mito: Cosmogonía de la fruta

Que Internet es granero de humo, eso ya lo sabemos. Pero que existe un falso credo de que hay un travesti satánico perteneciente a una orden religiosa, tal vez no todos lo sepan. Resulta que un grupo de vagos (como siempre) difundió un fragmento de la película The Goddess Bunny (1998) en la que se muestra al drag queen Johnnie Baima bailando tap. El mismo, supuestamente, entre movimientos poco agraciados y payasos ocultos, contiene mensajes subliminales. Tal video cobra ese “halo diabólico” debido a que está acompañado por una música oscura, una explicación montada acerca de su origen y, además -sumando a la “causa”-, el aspecto de Baima no es el mejor ya que, el conocido actor de la escena underground newyorkina, es un afectado por la polio. La ficción puede encontrarse en websites como YouTube bajo el nombre de “Obedece a la morsa”.

El travestismo como objeto de deseo

Símbolo de la ostentación homosexual y de la perseverancia por el placer, el llamado “Cine Arte” posee a The Rocky Horror Picture Show (1975), (hoy) musical de culto y (ayer) musical oculto, en el que se hace adoración a la estética y la belleza es perseguida cual trofeo chuletero, como principal referente a la hora de la mención directa del travesti-figura-dominante en un mundo de ensoñaciones homoeróticas. ¡Science Fiction Double Feature! O ¡la fiesta de Tim Curry y compañía!

En Argentina también se consigue

El significativo caso criollo, barato y mediocre, que caen en gracia por desempeño extra-hormonal, es el del film Mi novia el travesti (1975) protagonizado por Alberto Olmedo y Susana Giménez. Película en la que Su hace las veces de un hombre que se trasviste para ganarse el mango, al que Olmedo decide levantarse –en plan canchero- para alardear con sus amigos. Cuando una noche concretan acción se descubre la posta del asunto en donde Dominique (Susana Giménez) le cuenta al Laucha (Alberto Olmedo) la verdad de la milanesa. Travestismo por necesidad más que por opción... En Argentina, país generoso si los hay, también se consigue, y las nuevas generaciones conocen este tipo de picarezcos pese a tener (ya) más tres décadas de existencia. Para colmo, en la actualidad, películas como ésta se siguen repitiendo hasta el hartazgo en Canal 13 y sus señales hermanas. Por suerte.

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