Hernán Panessi
26/05/2009 02:00

Los cines de Capital Federal, en especial los de la calle Corrientes, tienen ese halo misterioso de bohemia, cultura y cinefilia. No son cualquier salas, son las transitadas por grandes maestros literarios, políticos, periodistas y por infinita cantidad de héroes anónimos. Esta característica, por llamarlo de alguna manera, le otorga un tinte muy personal, que no se percibe en muchos otros lugares.


Pasa algo con la gente que concurre a los cines de la calle Corrientes. Cuando uno va al Lorca, hay allí gente que parece reunir las cualidades de asistir con frecuencia al Lorca, si usted va al Teatro San Martín uno advierte a gente con cara de ir al San Martín con habitualidad futbolera, lo mismo pasaba con el Cosmos, y así en sucesivo con la mayoría de salas del Centro porteño. Es curioso pero verdadero, el hecho de que se arme una imagen ligada a determinado lugar, cosa, espacio o tiempo, y esa imagen sea -casi siempre- representativa de la cuestión. Inoportuna experiencia difiere pensamiento de realidad una vez incorporada la asociación. Han pasado años, por supuesto laboriosos, de refuerzo cognoscitivo para que las salas de la ciudad tengan semejante sello de distinción entre tanta imposición imperialista y pensamiento abúlico. 

En éstas salas no abundan los pochocleros, por lo que el público puede sentarse a disfrutar del cine más allá del hecho social de: salida + cine como complemento. Los cinéfilos de este espíritu hacen: cine + salida como complemento, invirtiendo la odiosa ecuación shoppinguera. El alimento para el cerebro lo dan las proyecciones. Mundanas y prolíficas, las películas, suelen ser de orígenes perifericamente diversos -sí, fuera de EE.UU. se le dice periférico- lo que contagia cierto respiro pluricultural.

Existen, además, los exóticos ciclos experimentales, donde –por suerte- se puede apreciar cine del más vanguardista sin tener la necesidad de ir a metrópolis de ultra-avanzada, ya que acá también se consigue. Lo interesante de todo esto es que las proyecciones suelen ser de precios módicos, lo que otorga notoria accesibilidad a pesar de los estrafalarios gustos.

Lo bueno es que ninguna actitud es condenable, hay tantos paladares como personas en el mundo, y existen quienes lo tienen más refinados y quienes se sorprendan con producciones enlatadas. Nadie obliga al espectador a ver tal o cual cosa, ni en donde. Hay quienes prefieren disfrutar de las parcas –pero nunca poco cerebrales- salas de la Lugones y otros prefieren comprar su balde de pochoclos y ver la última de cine catástrofe que se haya estrenado. Así es la vida del espectador.

Las diferencias de usos y costumbres del cine son considerables entre todas las castas de fanáticos. Los ghettos de cinéfilos que recorren la calle tanguera por excelencia tienden a compartir mañas puristas y obsesivas. Tales asuntos hacen del cine un acto metódico que requiere de mucha preparación y altísimas dosis de concentración. Llamémoslo devota religiosidad.

La fauna de porteños amantes del cine es lo suficientemente variada y colorida como para no perderla de vista. Los hay hombres con pinta de cabrones portando sus esplendorosas barbas y grandes anteojos, las jóvenes y sensuales estudiantes de cine, los de la rama psicológica / filosófica con su Lacan bajo el brazo, los snobs ansiosos por tener nuevas experiencias y los que se jactan de sus conocimiento hablando en voz alta haciéndose notar para que se los escuche, o tal vez, todos ellos en un revuelto. Ésta es una pequeña, y sentenciosa, selección de individuos que conforman y otorgan sentido de pertenencia al ghetto. ¡Viva la diferencia!

En una película de Woody Allen, no viene al caso cual, el newyorkino ingresa a un cine luego de hacer una amplia cola, y con el pasar de los segundos se lo ve en la puerta del mismo junto a otro de los personajes del film, quien sorprendido le pregunta: “¿qué hacés afuera después de hacer la cola?”, a lo que Woody le responde: “es que estaba empezada, ya iba por los créditos iniciales”. Tremendo acto de obsesivismo cinematográfico es de los que suelen ocurrirles a los adoradores del séptimo arte. Es que no existen chances de ver películas empezadas, es algo que no se puede evitar, piénsenlo así: ¿quién lee un libro de la mitad para adelante?, ¿existe alguien así?, ¡sacrilegio! ¡herejía!, si existe alguien capaz de perpetuar semejante violencia no lo mencionen, nadie quiere conocerlo. Comparable con un Mefistófeles que intenta ver una pintura por la mitad, o exclusivamente un pedazo de fotografía, ocurre una especie de censura del genio. Es que la obra de arte hay que apreciarla en su totalidad y no por partes. Es allí donde reside la astucia de los apasionados asistentes.

Glotonerías de títulos de autor (y no tanto), de corrientes de estilo y de movimientos culturales por igual, son acumulados por los fieles deambulantes del crepúsculo porteño, sin ir más lejos, muchos anotan los títulos que apreciaron en su momento para recordarlos luego como una merecida distinción y sello de autoridad: “Ah, sí, esa ya la ví en otra oportunidad”.

Desde aquí, un humilde consejo para tener en cuenta. Por como viene la mano con el invierno parece que se presentará fulero en todo sentido. Un clima totalmente imprevisible y, para colmo de males, el bolsillo bastante peleado con el dinero destinado al ocio. Así que, por lo tanto, Sr. O Sra., alístese en las amigables noches de cine en calle Corrientes que seguro el fresco y la inflación le pasarán inadvertidos.

                                                                                                                                                                                          

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